8 sept. 2007

A una maestra con cariño.


A la Maestra Julieta Campos.

Fue necesario viajar desde Palenque a Villahermosa para escribir estas líneas, pues al rendir homenaje a una persona tan apreciada y admirable, lo mejor era hacerlo desde algún lugar donde hubiera quedado su huella en el amor de su gente. Viajar a Cuba y evocarla en aquella calle de Obispo donde gustaba caminar en sus años juveniles, observando vitrinas de libros antiguos y luego ver los diseños de blancos vestidos, era, por el momento, difícil. No quise escribir en Palenque, que aunque también gustaba de visitarlo ella, no le era tan familiar como Villahermosa. Iría a Tabasco, entonces. Más como escribir de aquella que hizo de su prosa clara un modelo para todos sus alumnos que gustábamos de oir su acento que evocaba, para algunos como yo, los aires habaneros entrañables.
Quiero recordarla en esa edad en que leyó, turbada, la historia de aquel guerrillero de nuestra América que había fallecido en pos de una idea. Hace cuarenta años, por noviembre, nos sentíamos estremecidos al saber que un hombre se había convertido en un icono y que miles que nunca lo leyeron, que nunca se preguntaron de cómo pensaba y las razones verdaderas de su lucha, idolatrarían a aquel que moría tratando de salvar a los jóvenes, para que fueran abriendo senderos.
Abriendo senderos, se convirtió en frase favorita para saludar a la maestra.
Cuando me despedí de ella, para no volverla a ver en más de 20 años, así me despidió: “Ve a abrir senderos…”
Ahora en Villahermosa, a orillas del río, me acuerdo de otro río, el Mayabeque, adonde llevé, por pedido de mi maestra, un pequeño libro a una prima en Güines. Siempre tuve la curiosidad de saber cual era ese pequeño libro tan cuidadosamente envuelto que viajaba desde Tabasco a Cuba. Eso fue en 1988. Lo supe hasta 1998, diez años después. Era uno escrito por una poetisa mexicana, Pita Amor. ¿Porqué era el libro tan importante? Su receptora aceptó confiarme el título del libro para calmar mi curiosidad. Pero el significado, que era una historia entre primas, fue más difícil de dilucidar. Sólo me dijo, “También yo me enamoré de un mexicano, en 1954, cuando vivía en Puebla, pero no aceptó que viniéramos a Cuba en 1959 a construir la Revolución, y tampoco yo acepté seguir vendiendo abarrotes. Regrese a Cuba, formé una familia, tengo hijas y nietos. Pero en este libro hay recuerdos de los mejores momentos que pasé en tu país”.
En Villahermosa quisiera encontrar algo que pudiera unir a su recuerdo, pero lo curioso es que aunque la maestra vivió aquí algún tiempo, no se nada de los sitios que aquí fueran de su gusto. Otra cosa sería en la Ciudad de México. Muchas veces la encontré saliendo de la Hemeroteca Nacional y otras tantas del Club de Periodistas en Filomena Mata 8. Ya no digamos en Ciudad Universitaria o en la Calle Justo Sierra. Pero aquí en Villahermosa todo me es desconocido.
En la Ciudad de México ella se sentía plena. Conocía todo de aquellos otrora palacios que tanto elogiara Humboldt. Lamentaba que no se siguiera la costumbre que hay en La Habana de no cambiar los nombres tradicionales. En Cuba, Amargura era el nombre de la calle en el siglo XVII y lo seguía siendo en el XX1. Dragones seguía siendo Dragones, mientras que en México la calle de Plateros ahora era Madero y San Juan de Letrán, Eje Lázaro Cardenas.
Si algún cubano amó la Ciudad de México, esa era la maestra Julieta.
Pero no dejo de recordar aquella frase del Maestro Juan José Arreola cuando en un club de ajedrez le comenté que había saludado a Doña Julieta: “Flor cubana de soberana inteligencia que embellece los jardines tabasqueños”
Por eso he venido a Villahermosa, sin otra razón. Además, desde Palenque, ¿adonde pudiera ir? La Ciudad de México, está, para mi tristeza, demasiado lejos…