29 mar. 2012

Otro amigo que se va.


Con tristeza me entero de la inesperada muerte de Héctor León Pimentel, a quien conocí desde sus tiempos en que era alumno del MF y Dr. Carlos Escondrillas Medina en Veterinaria de la UNAM. Oriundo de Michoacán, varias veces convivimos con Escondrillas en algunas visitas a Patzcuaro donde era nuestro “guía nativo”.  Muchos años después, casi 35 años, me lo volví a encontrar cuando recién arribé a Mérida, donde Don Héctor radicaba desde más de dos décadas y de nuevo fue como “guía nativo”, dándome consejos y orientándome quien era quien en ese medio que para mí era nuevo. Ya en ese entonces, 2006, se quejaba de que la enfermedad lo había puesto muy mal y no podía desarrollar la actividad que quisiera, pero aún así su deceso fue inesperado. Si cuando era estudiante en el DF, como michoacano en ambiente difícil de la capital, se daba sus tiempos para jugar ajedrez y reunirse con Carlos y conmigo en el Café “La Habana” en Ciudad de México; en Yucatán en una decena de ocasiones pude tomar un café con él, pero curiosamente desde 1969 no llegamos a jugar una partida de ajedrez, aunque si hablamos bastante de ello pues su hijo Manuel León Hoyos era el jugador más prometedor de México y estaba muy cerca de convertirse en el Gran Maestro Internacional más joven de la historia del país.
Emigrante en la “hermana República de Yucatán”, Don Héctor parecía no haberse aclimatado totalmente al clima y conmigo platicaba mucho del Michoacán de sus recuerdos, la de los ríos y cascadas, de los verdes montes. Algunas anécdotas de sus tiempos de estudiante de Veterinaria surgían, pues ambos estábamos nostálgicos de los lugares llenos de montañas y ríos, que son muy diferentes a los panoramas de la Península de Yucatán. Claro que la cultura maya, la más magnífica, para nosotros, de las culturas prehispánicas, hacían de Yucatán un lugar muy especial, donde parecía se glorificaba el triunfo de la voluntad del hombre sobre las dificultades de la naturaleza, donde sin ríos habían logrado crear centros urbanos de enorme desarrollo cultural. Hacíamos bromas de que en Michoacán había que caminar de día y en Yucatán de noche, pero que ambos lugares compartían la fama de ser las mejores cocinas del país, pues es proverbial la buena comida michoacana tanto como la comida yucateca.
Por su mala salud, Don Héctor se preocupaba de que no podía movilizarse tanto en gestiones con el gobierno de Yucatán para que apoyasen a su hijo Manuel en su carrera ajedrecística, cuando menos al nivel que otros, con menos potencialidades y menos talento, si tenían. 
Los hermanos de Manuel, eran los que apoyaban en esos momentos en que Don Héctor estaba más limitado por su salud. Incluso había ofertas del Gobierno de Michoacán, a través de algunos amigos de Don Héctor de su juventud, para apoyar a su hijo, pero Manuel estaba muy identificado con Yucatán y adoraba su tierra natal y era inaceptable el cambio. 
Tenía Don Héctor muchas esperanzas en el cambio político, pero afortunadamente el enorme talento de Manuel se impuso a la falta de apoyos y se convirtió en el primer gran maestro nacido en Yucatán después de Carlos Torre Repetto.
La última vez que cené con Don Héctor en Mérida, ya se celebraba la obtención del título de Gran Maestro de su hijo y se veía muy revitalizado, ya poco hablaba de sus dolencias, aunque algunos amigos mutuos no eran tan optimistas y sus contertulios en el Café “La Habana” en Mérida ya comentaban su deterioro constante en la salud. En Diciembre de 2011 recibí algunas observaciones sobre algunos artículos que publiqué en el boletín del Torneo Internacional GM Carlos Torre in Memoriam de 2011 y recomendaciones de como mejorar el boletín, pero aunque le conteste, ya no tuve más respuestas y como poco antes su email se habían espaciado mucho, a veces dos meses entre uno y otro en 2011, no me hizo sospechar si era por razones de salud.
Durante 2012 casi todos los días recibo emails de algunos amigos de Yucatán, pero ninguno me comentó nada de Don Héctor y su salud, por eso me resultó muy sorpresiva la mala noticia.
Quiero guardar en la memoria el recuerdo de cuando era muy joven Don Héctor y se preocupaba por las materias y su nostalgia por Michoacán cuando estaba en el D.F. estudiando, así como aquel amigo que tanto me echó la mano cuando nos reencontramos en Yucatán, orientándome para que pudiera adaptarme a la vida allá, algo que no pude lograr, pues aunque siendo el punto medio entre La Habana y la Ciudad de México, los dos extremos me jalan demasiado y con todas sus bellezas hube de mudarme y regresar a mis valles, mis montañas y mis ríos; así como a las bahías y el sabor habanero.
A más de 2000 kilómetros de su tierra natal, Don Héctor Martín León echó raíces y dejó en Yucatán varios hijos notables, cada uno en su estilo, que enriquecen al país y le hacen honor. Siempre amó al ajedrez y afortunadamente pudo disfrutar el que su hijo Manuel alcanzase el deseado título de Gran Maestro, aunque me remarcaba, “Todos mis hijos me han hecho sentir muy orgulloso, son grandes maestros todos” Aunque entre ajedrecistas siempre hablábamos de Manuel, a cada rato mencionaba a alguno de los hermanos y relataba sus virtudes, que quizás sus logros no eran tan divulgados por la prensa como los de Manuel, pero para Don Héctor eran muy importantes.
En la tristeza de su mala salud de sus últimos años, pocas veces sonreía, a diferencia de cuando lo conocí recién llegado de Michoacán en el DF, cuando todo eran sueños, objetivos, metas y logros; Don Héctor decía mucho que Yucatán le había dado sus tesoros de hijos y muchos años buenos, así como consuelo en esos días duros. Descanse en Paz.