4 sept. 2014

Pereza obliga, Ajedrez y Lafargue.





Para Claude Proudhon,  el ganar demasiado dinero vendiendo su cerveza le parecía poco leal, por eso solo agregaba una pequeña cantidad, en la que valoraba su trabajo personal, al costo real de fabricación. No quería que nadie pagase más de lo debido. A su hijo Pierre-Joseph, le decía que “la ganancia” era un ingreso no ganado, no merecido. Con ese modelo, Pierre-Joseph Proudhon desarrollo una filosofía que atrajo a muchos, entre ellos a un cubano nacido en Santiago de Cuba, de familia franco caribeña proveniente del Haiti que se insurreccionó a finales del siglo XVIII. Paul Lafargue veía con tristeza en su infancia como el trabajo esclavo sobrevivía en Cuba y como las enormes riquezas de la sacarocracia, a la que su propio padre pertenecía, crecían en esa búsqueda despiadada de aumentar la riqueza, no importando que para ello se rasgase centímetro a centímetro con el látigo del capataz la piel de los morenos creadores verdaderos de la fortuna que adornaban las grandes mansiones.
Lafargue fue atraído por el pensamiento anarquista de Proudhon, y la lectura de su escrito “La utilidad de celebrar el domingo”, le maravillaba como ese diputado de la segunda república francesa aterrorizaba con sus ideas a los defensores a ultranza de la propiedad y el libre comercio. Proudhon termina preso por Napoléon III, perseguido por los ataques que hace del pequeño Napoleón en su diario la Voz del Pueblo, cuando Lafarque solo tiene 7 años.
Pero aunque Proudhon es un verdadero filosofo proletario, como lo calificaría Marx, su juez póstumo, no convence completamente a Lafargue, que termina acercándose más a las ideas de su futuro suegro Carlos Marx.
Lafargue estudia medicina en París, pero no sale de su principal centro de ajedrez, el Café de la Regencia, muy cercano a la Opera, donde poco a poco se va a acercando al grupo de distinguidos intelectuales que se dedican afanosamente a la improductiva actividad del ajedrez. Ociosidad de rico pareciera la principal ocupación de Lafargue, pero realmente se esforzaba tanto en sus estudios como en disfrutar de su tiempo libre.
Pero Lafargue, tras algunas participaciones políticas estudiantiles, fue prácticamente expulsado de Francia, pues querían que las universidades francesas estuvieran libres de su influencia, pues les parecía tan peligroso como el “diputado Proudhon”.
Se refugió en el formal Londres y pasó al Simpson Divan, donde pronto se destacó como un temperamental jugador de ajedrez, y de la medicina, pasó al periodismo. Pero siempre anarquista y demasiado impulsivo para el gusto inglés.
Ardoroso en los debates y muy emocional en su relación con Laura Marx, la segunda hija del autor de “·El Capital”,  a quienes conoce en Londres, despertaba mucha desconfianza en el austero alemán. Hijo de esclavista y más que capitalista, prácticamente señor feudal, de quien se decía era uno más de aquellos dueños de haciendas, vidas y honores, ardoroso y repelentemente acaparador de cada momento de su hija Laura, temía Marx que fuese lance temporal ese asedio que parecía hechizar el corazón de su pequeña y que pronto la abandonaría, tal vez para alguna aventura anarquista en la lejana Cuba que luchaba por su libertad.
El caso es que Lafargue, con su ajedrez, parecía la viviente representación del subjetivismo, que disfrazado de recreación y desarrollo cultural y emocional, parecían más un elogio a la pereza, que además Paul defendía como un derecho humano tan importante como cualquiera proclamados por los ideólogos de la revolución del 1789.
Pero el persistente Lafargue venció las resistencias de Laura primero, y luego de Karl, y el mismo año que comienza la lucha por la libertad de Cuba, con el grito de la Demajagua, casa con Laura. Y como comentaría alguna vez, estuvo a punto de irse a combatir a sus tierras orientales de Cuba, donde toda esa zona de Vuelta Arriba se incendiaba en la lucha por la libertad.
No resistió el llamado de las luchas de la comuna de 1871 en París y con Laura en mano, volvió  a París, para luego ser obligado a exiliarse, pero ahora en España, donde tendría contactos ajedrecísticos y políticos con algunos cubanos radicados en España. Termina en Barcelona más dedicado a la lucha anarquista en Cataluña que a su retorno a Cuba.
Dos años después de su llegada a España, tendrá que regresar a Londres, pues siempre emocional, pronto chocó con los dirigentes de movimientos anarquistas catalanes y madrileños.
Llaman la atención algunos escritos en que expresa su desilusión por la medicina, a la manera en que la practican en su tiempo los europeos y prefiere curar intelectos, y dedicarse a la litografía. Y así como Proudhon tuvo que ver con la Segunda República, Lafargue, desde Londres, y siempre inquieto, quiere participar de la Tercera República Francesa con Adolfo Thiers.
La segunda Internacional lo tiene como dirigente y el diario parisino La Igualdad como editor, cuando escribe y publica “El derecho a la Pereza”, que algunos consideran el segundo libro socialista más leído en su tiempo detrás de El Capital de Marx. Lectura obligada para ajedrecistas, decía el Comandante Alberto Bayo, quien preparó en México a Fidel Castro para su lucha en Cuba casi un siglo después de la Demajagua, y tremendo impulsor del ajedrez en la Isla.
Los textos del Diario La Igualdad hablan mucho de cómo actividades como el ajedrez, “que dan libertad a la creatividad más abstracta del hombre” son necesarias ante un mundo que es empujado al Objetivismo por los grandes capitales, que parece inculcar al ser humano a ese concurso que parodiaba Danny De Vito en un filme: “El objeto de la vida es ganar dinero y el que gana más dinero al final de su vida es el ganador”. El triunfador entonces es el más rico del panteón. Entonces vale de todo y todo se vale, haciendo ridícula la actitud de Claude Proudhon. En esa visión, todos los ajedrecistas, excepto aquellos que ganan miles de dólares por partida como los convocados por Sinquefield, son unos imbéciles.
Lafargue decía que nada igualaba al hombre como la lucha intelectual ante un tablero, pero en eso estaba equivocado en cierto modo, pues el dinero hace la diferencia entre ajedrecistas. Si un ajedrecista es rico y puede pagar costosos entrenadores como Chuchelov, radicar en Hungría, Italia o Estados Unidos, conforme convenga, para participar en fuertes torneos y convivir y aprender de los grandes jugadores, con todas esas ventajas, competirá en desigualdad con un iberoamericano, procedente de los Andes, cuya familia tiene que sacrificarse para que vaya escalando, hijo de la meritocracia, poco a poco hacia la cima del ajedrez. No son las mismas condiciones de Caruana que las de Cori, no hay equidad absoluta en ajedrez aunque tengan la misma cantidad de piezas y jueguen en el mismo tablero.
Lafargue se suicido con su esposa en 1911, cuando gozaban de cabal salud y no querían que con siete décadas de edad encima y tras una vida plena, terminar dependientes. Murió con mucha menos fortuna que con la que nació. Medio siglo había pasado desde que en sus artículos en La Emancipación glorificaba actividades como el ajedrez, que pugnaba fuera enseñado en los Liceos, porque así los niños franceses entenderían que los reyes no son nada, si no están los peones, y que el tiempo debe vivirse, que los trabajadores tienen derecho a dejar la producción unas horas al día, para hacer lo que se les venga en gana sin ser acusados de vagancia, mientras que sus patrones sin ningún esfuerzo quieren ganar más, buscando ahorrar en gastos, con dos estrategias básicas para ello: menos salarios y pagar menos impuestos.