5 feb. 2016

En la Escuela Secundaria Básica Urbana José María Heredia y Heredia de La Habana.




Un 20 de enero fue condenado por un tribunal el gran poeta Heredia, aquel que elogiase tanto José Julián Martí Pérez; y curiosamente me invitan a participar de la ceremonia de premiación del Torneo Provincial de Ciudad de La Habana infantil de ajedrez el 20 de enero de 2016, en la ESBU con el nombre del autor del “Niágara”, Heredia.
En mi memoria está que ese gran poeta finalmente moriría en la ciudad mexicana de Toluca allá por finales de los años treinta del siglo diecinueve.

México ha tenido el privilegio de recibir a muchos luchadores sociales de diversa índole provenientes de los hermanos países de Nuestra América; y asimismo de diversos países que, perseguidos por sus ideas, hallaron comprensión en la tierra donde se aboliera la esclavitud por primera vez. Lugar que se había asociado siempre con libertad, ahora falla en posibilitarla a muchos de sus propios hijos.
Muchos amigos educadores y profesores marchan por las calles de mi país exigiendo una libertad, por los mismos sitios que otrora fueron bañadas con sangre de mexicanos que se sacrificaron en lucha por la libre expresión, y a veces quisiera uno que sus cadáveres se levantasen de nuevo, avergonzados por que los mexicanos vivos no se esfuerzan con más decisión por mantener aquella herencia de libertades.
Pero, hablemos de ajedrez. Porque el ajedrez es también una trinchera y porque debiera ser también derecho de todo mexicano el poderlo conocer y beneficiarse de ese campo de entrenamiento de la toma de decisiones en fiesta del libre albedrío.
Ver a los padres cubanos de los niños, que se esfuerzan por triunfar y ya son de por si ganadores al disfrutar de las lides del tablero, me hizo pensar en todos aquellos padres mexicanos que esperan ansiosos los resultados de sus hijos, a quienes a veces recrimino diciéndoles que si quieren campeones en sus hogares, empiecen por entrenarse ellos y no presionar a sus hijos más allá de lo que se presionen a si mismos por superarse.
Un niño de aquella competencia, me decía orgulloso que ganó el primer lugar de su grupo etario y que ojala le diesen una medalla y que yo se la diera. Entregue con gusto diploma, medalla y trofeo que el organizador, generosamente permitió que yo pusiera en manos de ese niño, que me recuerda, por su parecido físico, a mi hijo, nacido de mexicano y cubana, que ya compite en otro deporte, pero que pronto, quizás, compita pronto en ajedrez, como ya un nieto mío lo hace.
Nadie tiene la fórmula exacta de cuando y como llevar el ajedrez a sus hijos. Menos aún, no importa su nivel de estudios pedagógicos, nadie puede presumir de tener la respuesta precisa de los momentos y las formas adecuadas para llevar a su hijo a aprender y practicar el ajedrez.
Diría que es como lo de matrimonio y mortaja del cielo baja, y se tiene que ser humilde y someterse a la decisión de la fortuna y desdeñar un poco las interpretaciones de oráculos delfianos, confiando en la sabiduría universal. “¡Cuando le llegué el amor!” recomendaba aquel viejo maestro de Riga, Koblenz, cuando le interrogué al respecto. “En el momento oportuno al alumno le llegará su maestro”.
Es deber, sin embargo, de los padres el tratar de propiciar tal encuentro, sin presiones ni ansiedades, sin tratar de manipular los tiempos en el acercamiento, sin forzar la aparición de ese amor por el ajedrez. No es subordinación la humildad, sino convicción de que todo llegará a su tiempo, con la sentencia paulina en la mente de que hay un tiempo para cosa, que cuando se es niño, se piensa como niño y se espera que eso se haga y cuando se es adulto hay que actuar y pensar como adulto.
Pero, ¿Saben que? A veces no deja uno de ser niño y aunque se envejezca y a menudo se pudra, uno parece que nunca madura. Y puede ser que sea bueno que esto así sea.
Así entre niños ansiosos por recibir sus premios y reconocimientos, pase, por unos momentos, a ser un niño más y en ver en aquellos compañeros temporales míos, los ojos de mis amados hijo y nieto que se emocionan por sus triunfos deportivos.
Premiaron a un niño que perdió muchas partidas, pero no abandonó el torneo ni la tenacidad en combatir cada partida como si pelease por el primer lugar siempre. Y si la fortuna ayuda a los audaces y a los fuertes, más ayudará a los que luchan siempre.
Son, como diría Bertold Brecht, los indispensables para este mundo. Luchemos siempre en toda trinchera, que igual mérito tiene un mayor general que el recluta que se juega la vida lado a lado con los entorchados y los descalzos. Reyes y peones son igual de valiosos. Y toda edad es buena siempre que uno no se rinda.