5 jul. 2015

En el ajedrez tenemos que aprender a no caer en las trampas de la Inteligencia.




Hay muchas trampas en las que suelen caer las personas que se saben o se sienten inteligentes.
En el ajedrez si caemos en una de ellas perdemos partidas, en la vida si se cae en una de ellas el mal dura años.
La ventaja del ajedrez es que si perdemos una partida, la analizamos y podemos aprender de ello para en una partida futura, ante problemas similares, tomar la decisión correcta, diferente a la que tomamos cuando caemos en la trampa. En la vida jugaremos cientos de partidas de ajedrez, así que podemos tomar cientos de lecciones.
En la vida real, si caemos en una trampa de esas, nos durará el daño muchos años, aunque analicemos el error. En la vida nos veremos en pocas situaciones, en un número infinitamente menor al número de partidas de ajedrez, por eso es que al jugar ajedrez nos preparamos para actuar mejor en la vida. Es entrenamiento preventivo para no caer en esas trampas de la inteligencia.
¿Cuáles son esas trampas?

Es común que una persona inteligente pueda justificar prácticamente cualquier punto de vista. :Una persona inteligente al primer razonamiento, lo puede elaborar a un buen grado de detalle y corrección, de convincente argumentación, y así puede sentirse satisfecho y no sentir necesidad hay de explorar más la situación y contrastarla con otras opiniones o cruzar los datos. Si satisface con su primer ejercicio mental, no pasa de ahí, no desarrolla un pensamiento crítico A la larga, una persona así se acostumbra a su “primer escaneo”, a la política de “Con esto es suficiente” y  puede quedar prisionera en sus propios puntos de vista.  Si en ajedrez no nos exigimos a hacer varias exploraciones y confrontar nuestras ideas, perderemos varias partidas, por lo que las derrotas nos entrenarán a ser críticos, a dudar de toda argumentación y asi estar abiertos siempre y así nuestro razonamiento se liberará.

Algunas personas inteligentes, una gran proporción, parece que sienten la necesidad de tener siempre la razón. :Hay quienes se ven a si mismos a través de los demás. Su auto estima, y lo que sienten que es su estatus en algunos entornos sociales,  parecen depender, de lo que creen es su grado de inteligencia. Sienten que son muy inteligentes, y a veces creen que son infalibles como antes se decía del Papa. En ajedrez, la continua confrontación con otras personas “inteligentes” resulta en que perdemos y ganamos continuamente y tenemos que aprender a tratar a la victoria y a la derrota como dos impostores. Tratamos de encontrar la jugada correcta, pero continuamente fallamos y no por eso nuestra auto estima se debe dañar. Aprender a valorarse, aprender a ser humilde y aceptar nuestra falibilidad es casi una necesidad en ajedrez, y así sabemos que también en la vida es necesario. Vemos que opiniones de grandes jugadores son refutadas aquí y allá, lo mismo esperamos que las opiniones de los grandes pensadores, incluyendo las nuestras, pueden ser refutadas aquí y alla…

La crítica aguda parece dar más placer que el hacer algo. Es como si el error en otro nos da sentimiento de superioridad. Es como decir que si uno crítica y señala lo malo, se coloca en un plano superior. Si hay que ser crítico, pero para usar esa crítica como herramienta para construir algo. Solo comete errores quien actua, así que si nos acostumbramos a ser solo críticos no haremos nada. La inactividad por temor a cometer errores y ser criticados, debe ser un mal penoso, triste y terrible... Ya el solo jugar ajedrez es someterse al riesgo a cometer errores y perder. Ya tan solo competir en ajedrez demuestra que estamos dispuestos a someternos a la prueba, a la crítica, a ser juzgados.

Hay personas inteligentes que caen en preferir la seguridad del pensamiento reactivo a la del pensamiento creativo: Reaccionar ante los datos que le son entregados, como ante un cuestionario o un crucigrama, es más cómodo que crear nuestros propios cuestionarios, hacer nuestros planteamientos. Poco a poco somos como animales de circo entrenados para actuar a sonidos de silbato. Decía Einstein que el planteamiento del problema, o sea la formulación de la pregunta, es más importante que la respuesta. Pensamiento reactivo es casi sinónimo de pasivo, en el pensamiento creativo, hay que crear el contexto, los conceptos, los objetivos. En ajedrez nadie nos da las preguntas, tenemos que averiguarlas, y así reducimos las opciones entre las que tenemos que decidir y logramos extraer de ellas, “la mejor jugada”. En la práctica organizada del ajedrez aprendemos que saber identificar lo que la situación pide, las demandas de la posición, nos indicará la jugada correcta.

Una trampa fácil en la que podemos caer, la rapidez de pensamiento: El temperamento meridional, como el de los mexicanos, a menudo se traduce en la mecha corta. Somos rápidos para decidir, impulsivos, de inteligencia emocional rápido.  Eso puede ser muy útil en la agitada vida moderna. Pero no vivimos en un video juego, donde el tiempo vuela y cuenta en el score.  El acostumbrarse a ser rápidos, nos trae el mal hábito de tomar decisiones a partir de pocos datos y además mal confirmados. Esta trampa es pariente de la trampa del pensamiento reactivo. La victoria sigue un paso lento. Si hacemos todo con una mente más lenta, podemos llegar a conclusiones más profundas y correctas, y así tomar mejores decisiones. Practicando ajedrez nos enseñamos a que hay que tomarse su tiempo para tomar una decisión, elegir una jugada. El tiempo no respeta lo que se hace sin tomarlo en cuenta. Las partidas que pasan a la historia no fueron jugadas superficialmente, sino con pensamientos profundos. Si juega uno rápido, realiza jugadas jugadas superficiales, y salen partidas que nadie recordará, ni nosotros mismos.