24 jun. 2015

Gens una sumus y la familiaridad acrítica en ajedrez.


Es triste tener que admitirlo, pero la comunidad ajedrecística mexicana no se ha caracterizado por su solidaridad y, mucho menos, por su unión ante tareas comunes. Otros grupos o gremios incluso han sacado ventaja de esta debilidad. Por eso en muchas ocasiones cuando la sociedad en general reconoce la necesidad de promover el ajedrez, no son precisamente los ajedrecistas los que toman la batuta en estas oportunidades, sino personas relativamente poco relacionadas con la práctica del ajedrez en si, pero con más visión práctica que no se ha deformado por encerrarse en un mundo de 64 casillas blancas y negras.

Solo una muy pequeña proporción de los que juegan ajedrez, uno entre cien mil personas, logran adquirir un título internacional como jugador, y uno supondría que de alguna forma son la punta de la pirámide de la afición al ajedrez. Si a eso añadimos que solo un puñado pueden decir que han ganado un evento internacional, pensaría que se le tendría alguna consideración en el medio. En otros deportes, aun los menos populares que el ajedrez, se le daría importancia mayor a sus problemas humanos que lo que se ha dado al campeón panamericano Flores Guerrero. Si además agregamos la muy probable posibilidad de que haya sido victima de una injusticia, uno cabría esperar que solidariamente la comunidad de ajedrecistas mexicanos daría un fuerte apoyo moral y un apoyo solidario económico mínimo para tratar de que su situación tuviera el menor daño posible.

Pero parece que la familia se encuentra sola ante el problema y que ni asociaciones de padres o de jugadores de ajedrez han mostrado capacidad de reacción ante el problema. Fundaciones, asociaciones e incluso líderes de opinión del ajedrez han mostrado poca visión política, porque si bien la comunidad no se ha mostrado solidaria monetariamente hablando, si han puesto atención, un poco pasiva a la situación y seguramente harán sus conclusiones respecto a quienes realmente se interesan por los ajedrecistas y podrán diferenciarlos de los que simplemente pretenden aprovecharse de los ajedrecistas para alimentar o sus egos o sus bolsillos.

Muchos ajedrecistas somos poco cuidadosos para la economía, pero pisar una tecla o compartir una foto de facebook está casi al alcance de todos, y en este mundo reciente de las redes sociales no sabemos todavía el efecto positivo que se pueda lograr. El caso es que todos podemos hacer algo, por poco poderosos, por muy pobres o por muy poco ingeniosos que seamos, habrá algo que podamos hacer.

Lo peor del caso es que no es el único ajedrecista en problemas, hay otro, curiosamente con el mismo apellido Guerrero que sufre por injusticia, o al menos cabe una gran duda de que haya recibido un juicio justo, y al cabo de dos años se observa poca atención a su caso. Eso me recuerda aquellas frases que decían: “Vinieron por los judíos y no alzamos la voz, luego vinieron por los comunistas y no alzamos la voz, vinieron por los enfermos, y no alzamos la voz, vinieron por los que protestaban un poco y no alzamos la voz, cuando vinieron por nosotros, no quedo nadie para alzar la voz”

La familiaridad acrítica es acostumbrarse a lo malo, a lo injusto y de tanto verlo, llega un momento en que ya no lo notamos, lo sentimos tan común, que ya parece normal. Se llega a ser pasivo, tan indiferente, que ya no somos humanos, ni animales, ni vegetales, simples piedras que de tan poco útiles, que solo afean el paisaje.