24 may. 2010

Emilio Garduño, en el centenario de su nacimiento.


Debido a la organización y desarrollo de las actividades de ajedrez en el Festival “Viva la Izquierda”, tuve que posponer muchos artículos a publicar en el blog y este ha estado poco activo. Pero no podía dejar pasar una fecha importante.
A pesar de que conocí personalmente al GM Carlos Torre Repetto y platique en muchas ocasiones con él en diversas ciudades y en diversas épocas, mucha información no documental sobre el Maestro la obtuve de tres fuentes vivas que, puedo afirmar rotundamente, fueron los tres que mejor lo conocieron. Uno fue el Maestro Alejandro Baéz Graybelt con quien vivió en las casi dos décadas en que residió Torre en Ciudad de México, otro fue el Maestro Emilio Garduño quien lo trató desde la década de los años 30 y quien después lo acompaño en diversas visitas a la Ciudad de México como la de 1972 donde Torre jugando partidas rápidas venció a varios maestros internacionales y futuros grandes maestros contundentemente, en presencia de una afición mexicana que numerosa observó a aquella gloria del pasado que en su vejez recuperó brevemente brillo y luminosidad, y en esa memorable visita que hizo a la Ciudad de México en 1975 donde el GM Carlos Torre Repetto se reunió con una nueva generación de maestros mexicanos y brindó ampliamente su sabiduría durante varios días de charlas y hasta cierto punto, conferencias magistrales.
Al final de su vida, Torre tuvo un discípulo entre los que nacieron en su ciudad cuna, Carlos Manzur Simón, varias veces Campeón de Yucatán y durante la década de los 70s del siglo XX el jugador que mantuvo la presencia de su estado en la esfera nacional. Manzur legó muchos escritos sobre sus pláticas con Torre y facilitó el que varios amigos de él, como Marcel Sisniega y yo mismo, pudiéramos charlar con Torre en la atmosfera de la generosidad de este yucateco que, como todos los de origen árabe de esa península, se distinguen por su bonhomía y por expresar la verdadera amistad en cada acción. Personaje inolvidable, Manzur recopiló las mejores memorias de Torre, que algún día verán la luz pública para beneficio de las venideras generaciones.
El caso es que quizás la fuente viva mejor que un biógrafo de Torre pudiese tener era Don Emilio Garduño y cuando elaboraba los videos sobre la vida de Torre, además de las fuentes documentales como lo recopilado por el Dr. Germán de la Cruz y el Dr. Gabriel Velaso, así como diversos libros, como los de los autores mencionados y el del Dr. Gilberto Repetto; volví a consultar viejos cassetes de las pláticas con Don Emilio. Esas horas de pláticas, que poco a poco fui pasando a mp3, me hicieron recordar que este año de 2010, Garduño hubiese cumplido 100 años.
Durante el festival platiqué con ajedrecistas de las más diversas generaciones, algunos un poco mayores que yo, y me sorprendí que, salvo dos o tres, nadie sabía quien fue Emilio Garduño. Eso no podía quedar así, y me prometí escribir algo para que de alguna manera, gracias al Internet, quede en la memoria pública ajedrecística alguna información de este personaje de la historia del ajedrez mexicano. Historia que algunos no consideran vale la pena de recordar, pero que todos debemos de preservar para que las futuras generaciones decidan que recordar y que no. Tenemos la obligación de darles esa opción.
A Don Emilio Garduño lo comencé a tratar en 1965 cuando tenía el unos 55 años y yo doce. Platicábamos mucho de la época en que mi abuelo materno, el General Francisco Vargas Basurto, era uno de los dirigentes del ajedrez mexicano y organizó las visitas de Capablanca y Alekhine.
Garduño nació el 22 de mayo de 1910 y decía que iba a vivir cuando menos hasta el regreso del Cometa Halley, cosa que logró, pues vivió casi ochenta años y el cometa va y viene en poco más de setenta años. Mencionó a menudo con orgullo que había nacido en el barrio de Tacubaya en el D.F., así que podríamos decir que esa fue su cuna. Mencionaba también haber jugado un torneo en diciembre de 1922, o sea que desde los 12 años jugaba ajedrez. En 1952 empató el primer lugar con el Maestro Mondragón en el Torneo de Maestros, adelante de Araiza, Báez y Ferríz. En el Tercer Torneo Internacional Ciudad de México (1952) empató una partida con el GM Herman Pilnick, como comentó a menudo y me confirmó el propio Pilnick cuando lo conocí en 1974 en El Salvador. Sin embargo no he podido conseguir algún documento sobre ello y menos la partida en si. Garduño fue testigo de la visita de tres jugadores que han sido campeones mundiales: Alekhine, Capablanca y Petrosian. Hasta donde se, es el único que jugó en México contra los tres, empatando con Capablanca y venciendo a Alekhine. En una nota mencionó que conoció a Alekhine en 1929, pero no hay registros de esa visita y Garduño me comentó que él nunca viajo al extranjero, así que quizás Alekhine hizo alguna visita breve a México en 1929 de la que no hay registro ajedrecístico.
En 1970 Garduño fue el capitán del equipo Campeón Nacional de México, “Jorge Cadena” y aunque no jugó ninguna partida en ese Campeonato por Equipos realizado en Hermosillo, Sonora; se puede decir que logró ser Campeón Nacional por Equipos. Celebró así sus sesenta años. Recuerdo que cuando estábamos formando un equipo los Maestros Benito Ramírez, Carlos Escondrillas y yo; nos pidió le pusiéramos el nombre de Humberto Charles, jugador norteño amigo de Garduño que había fallecido recientemente, cosa que hicimos y logramos el segundo lugar en ese campeonato realizado en el Hotel Valle Grande, en Pitic, Hermosillo, que hoy día tiene otro nombre y es de la cadena Holiday Inn, y en el que residí, brevemente, casi 40 años después mientras laboraba para la Universidad de Sonora en 2009. Así que los dos equipos líderes del evento tenían nombres de jugadores mexicanos fallecidos: “Jorge Cadena” y “Humberto Charles”.
Amigo de muchos ajedrecistas, Garduño en su vejez se apoyó mucho en un amigo de su juventud, el maestro Rene Pratt, que vivió varias décadas en el Brasil, donde era ampliamente conocido en el ambiente del ajedrez, como me lo comentaban los maestros brasileños Helder y Ronald Camara. Rene Pratt, habiendo logrado relativa fortuna, regresó a México con su familia brasileña, deseando morir en tierra azteca, lo que sucedió, afortunadamente después de varios años de residir entre sus paisanos y mucho después de lo que esperaba él mismo. Garduño disfruto así del calor de un viejo amigo y de una familia, pues Garduño nunca formó la propia, debido a que sufrió durante una época de desordenes nerviosos a consecuencia de una vida algo agitada en el período posterior a la revolución mexicana, que significó para su familia la pérdida de un patrimonio significativo logrado durante la dictadura del porfiriato. Garduño nació en pañales de seda, pero luego se meció en la cuna de la desgracia política y se desarrollo en una infancia rodeada de la amargura de los que tuvieron mucho y ya ni sombra eran de lo que una vez fueron. Su juventud pasada en la agitación vasconcelista, terminó con una vida adulta dedicada a contar el dinero de los nuevos ricos, hijos de la revolución, pues era de profesión contador. Las pocas horas de descanso las ocupó en el ajedrez, donde logró algunos campeonatos del Distrito Federal de Segunda Fuerza en su época de estudiante, y en la edad adulta alcanzó la primera fuerza y muchos lo consideraron como un jugador que podía ser el nuevo Carlos Torre, junto con Alejandro Baéz. El trío de Carlos Torre, Baéz y Garduño era el que amenizaba las tertulias ajedrecísticas, pero parece que Torre, más que transmitirles su sapiencia de ajedrez, estímulo más su espíritu bohemio y aquellos tres alegres compadres, que despertaban la envidia de sus oponentes más serios y conservadores por su talento, estuvieron faltos del apoyo que no se negó a otros en mejor posición económica, y más proclives a inclinar la cerviz ante los poderosos que aquel trío que vivían en su propio mundo cabalgando un caballo de madera de ajedrez, haciéndose mutuamente de Sancho Panza escudero y trastornado Don Quijote. Así los tres no llegaron más que a ganar la gubernatura de la Barataria. Torre nunca consolidó su esperado retorno al ajedrez internacional y los otros dos hicieron su ingreso como capitanes no jugadores. En Internet se puede observar la foto de Baéz jugando con el Comandante Ernesto “Che” Guevara en Cuba y se cuentan por decenas los maestros que Baéz condujo al ajedrez, así como los comentarios de grandes maestros como Najdorf y Reshevsky sobre el talento de Baéz, que obtuvo los títulos de Arbitro Internacional y Maestro Emérito del Ajedrez mexicano en 1973; mientras que Garduño logró solo el de Maestro Nacional y la gloria de haber empatado en simultáneas con Capablanca y haber vencido de la misma manera a Alekhine, Kashdan, Fine, Steiner y en partida individual al GM Pilnick y al Maestro Internacional I. Horowitz. Mondragón , campeón nacional en la década de los años cincuenta decía que Garduño era su mentor, pero Garduño, añadía: “sólo en el beber”.
Las descripciones que en las grabaciones hace Garduño de Torre son dignas de las mejores plumas nacionales, pues sus relatos, además de utilizar un vocabulario de lo más amplio y culto, parece apegarse a las palabras de Carlos Torre con una precisión producto de una memoria prodigiosa como la que exhibía siempre Garduño, capaz de recordar las cifras mas complicadas de una manera digna de un acto circense. Varias de las frases mas ingeniosas que se repetían en los clubes de ajedrez fueron producto de la mente ágil de Garduño y de que aquella mezcla de amargura y optimismo que producían una personalidad sardónica pero agradable.
Ya después de los setenta años de edad, se sucedieron crisis nerviosas que hacían difícil el conversar con él más de 20 minutos de manera tranquila, pues cualquier cosa le irritaba, sobre todo los camareros a quienes siempre acusaba de malos tratos a causa de su estrafalaria manera de vestir, pues en los años 80s vestía como si estuviera en los años 30s, con chaleco, leontina y sombrero, seguramente queriendo quedarse en la época en que la juventud le hacía sobreponerse a sus depresiones.
Coincidieron esos años con los días en que el trabajo en el aula universitaria ocupaba todo mi tiempo y las visitas al Club Metropolitano de Ajedrez, ámbito en el que Garduño pasaba la mayor parte de su huero tiempo, se hicieron cada vez más espaciadas, hasta que ya no existía tal Club, y Garduño se había reunido con sus antepasados. Simplemente desapareció, como el Café la humedad de aquel tango. Ese lugar y muchos personajes, de manera en que ni cuenta me di como, simplemente se desvanecieron y permanecen en mi memoria como imagen vana y engañosa. A veces dudo si existieron o son producto de mi imaginación afiebrada. Afortunadamente, cuando logró encontrar a un amigo de aquellos tiempos, me confirman que todo aquello fue real, que existió, que lo gozamos y que de aquellos polvos surgieron estos lodos. No me atrevo decir, como Manrique, que todo tiempo pasado fue mejor. De hecho todas las épocas las disfruto. La vida es una experiencia en que hay que disfrutar lo bueno y lo malo y no querer afincarse en el pasado. Garduño no lo comprendía así y al final de su vida, lamento tener esa idea, debió estar muy amargado.
¡Cómo no recordarlo ahora en su centenario! Si los que éramos varias décadas menores que él no hacemos algo por su memoria, ¿Quién lo hará? Tal vez algún ajedrecista dentro de unas décadas lea este artículo, tal vez vea un record de simultaneas de Alekhine en México y lea entre los pocos vencedores el nombre de Emilio Garduño y ese breve instante de gloria renovada lo haga revivir brevemente en el recuerdo.