28 jul. 2010

Parte 1 Un mar de libros de ajedrez. (memorias confesionarias de un bibliómano).


Desde niño me vi rodeado de libros. Mi abuelo materno, bibliómano empedernido, tenía dos grandes aficiones, el ajedrez y los libros. Por supuesto tenia una enorme cantidad de libros de ajedrez. Iniciada su colección de libros de ajedrez en sus años mozos, allá por 1916, dos años después de pelear en la defensa del Puerto de Veracruz contra los invasores norteamericanos y ganarse la medalla de Defensor de la República, Gral. Ignacio Comonfort; compró cuanto libro de ajedrez tuvo a su alcance. Varios de sus libros tenían la fecha de su adquisición, 1916, 1917, etc. Cabe apuntar aquí que en México eran muy pocos los que allá por 1930 tenían más de 20 libros de ajedrez. Mi abuelo por esos años tenía más de 1000 libros de ajedrez, lo que debió ser una de las grandes bibliotecas de la época. Ya 30 años antes, al partir hacia Cuba, su tierra de nacimiento, el gran jugador mexicano Andrés Clemente Vazquez donó a la Biblioteca Nacional de México una colección de más de 450 libros de ajedrez, una de las más grandes colecciones en Iberoamérica seguramente. Mi abuelo y Don Andrés además de compartir la bibliomanía editaron revistas de ajedrez en México. Mi abuelo dirigió y editó un par de años, allá por 1934 y 1935 la Revista Mexicana de Ajedrez, que retomaba su nombre de la editada a finales del siglo XIX por Manuel Marquez Sterling Loret de Mola, que fue el primero que publicó una revista con el nombre de Revista Mexicana de Ajedrez. Don Manuel llegaría a ser embajador de Cuba en México y Presidente de la República de Cuba en breve período; pero en el siglo XIX vivió en México y se consideraba de alguna forma casí mexicano, pero luchaba por ver nacer a la República de Cuba, sueño que se cumpliría en 1902, aunque con la enmienda Platt, a la que Don Manuel daría termino 30 años después como embajador de Cuba en los Estados Unidos. Todo un personaje.
El caso es que bibliómanos somos muchos y yo alego en mi favor que crecí en medio de una biblioteca de más de 20 mil libros, de los cuales una sensible parte eran de ajedrez. A los 7 años mis favoritos eran una serie de 6 tomos del Manual de Ajedrez de Paluzie y Lucena, editado en España a principios del siglo XX y el famoso “Frascuelo”, así que era como decía Machado, “Devoto de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y de alma quieta”.
Cada vez que emigro o me mudo, pues tengo alma de golondrino, voy cargando como concha una enorme cantidad de libros. Y Revistas de Ajedrez, pues también contaba entre mis favoritas una colección de “El Ajedrez Americano”•editada por Roberto Grau, con los años 1927 a 1936. Así que de niño me sabía quienes eran Reca, Palau, Maderna, Bolbochan y las crónicas de las visitas de Tartakover a Buenos Aires y los campeonatos internos del Velez Sarfield de los años 30s no me eran ajenos. Las colecciones de revistas me encantaban, llenas de fotografías. El British Chess Magazine tenia menos fotos que “El Ajedrez Americano” y que L’Echiquier, pero más que el “ American Chess Bulletin”. Me pregunté por mucho tiempo porque las colecciones de revistas terminaban en 1936. Lo supe muchos años después. El ajedrez mexicano de alguna forma por ese año desapareció del mapa por cuestiones políticas y de ser favorecido por un grupo de generales sonorenses encabezados por los Generales Plutarco Elías Calles y Joaquín Amaro, llegó el régimen del General Cárdenas y el destierro de Calles significó la salida de muchos ajedrecistas mexicanos y ahí parece que mi abuelo, militar y médico, secretario de la Federación que presidía Amaro, seguramente vio cortadas sus funciones en la federación…
El caso es que me acostumbre a cargar libros. Hubo veces que en viajes a Europa prefería hacerle al faquir y casi no comer, para ahorrar todo lo posible para comprar libros de ajedrez. En Saint Germain, se veía un famélico profesor comprando libros y comiendo poco, hasta que un buen alumno, se condolió y de vez en cuando invitaba a comer a aquel que, casi perdida la razón, conoció más a Paris por sus librerías que por sus cafés. Aunque no es del todo cierto, pues no podía perderme de tomar un café en el mismo hotel donde Tartakover vivió casi 30 años, a orillas del Sena y a la vista de Nuestra Señora.
El caso es que cada libro pesa, así que el tonelaje de mi concha crecía a cantidades francamente espeluznantes. Contemplaba la biblioteca de ajedrez más grande de México, la del Lic. Alfonso Carreño y siempre me preguntaba que pasaría en la mudanza final. Esa biblioteca se esparció en muchas bibliotecas y siempre tuve la idea de que el Lic. Carreño, siempre muy ocupado, no la podía conocer, pues casí los compraba por catalogo, sin pasar hambre por ellos, pues su exitosa práctica profesional lo hizo muy rico y prácticamente unos diez mil libros, más o menos la mitad de su colección de ajedrez, los compró en un par de años. No los pudo haber conocido. Los primeros diez mil quizás, los segundos, no.
Otro bibliómano, que adquirió unos 14 mil libros de ajedrez a lo largo de 50 años, fue el Ing. Alfonso Ferríz Carrasquedo. Como siempre vivió en la misma calle y hasta adquirió una casa enfrente de la suya para crear un club de ajedrez y alojar la mayor parte de su biblioteca, nunca paso por las mudanzas y el empaquetado y desempaquetado de libros. Muchas veces trató de que la colección logrará reconocimiento y un sitio especial en alguna biblioteca gubernamental o de servicio al público. Pero creo que le costaba desprenderse de sus viejos amigos, a quienes más que estudiaba, acariciaba de vez en cuando. ¿Cómo pedirle consejo sobre mi concha, si él sencillamente se quedó anclado por sus libros?
En eso, llego el microfilm y se vislumbro una esperanza o más bien se comenzó a pensar en una alternativa para bajar el tonelaje. Viví ampliamente y a conciencia los debates sobre el futuro del libro y las ventajas de la microfilmación y los nuevos métodos de la archivonomía. Fue la época en que todo el Archivo de Indias de Sevilla fue microfilmado y México lograba tener la copia de los cientos de miles de documentos que relataban su historia. En esos días fue como recorrer la ruta de San Lucar o la Rábida a Veracruz cientos de veces. Pude ver las relaciones de los embarques de los Galeones, como nunca uno se imagino, sin tener que viajar a Sevilla. Me acuerdo que al año uno o dos historiadores mexicanos contaban la experiencia de conocer algo de los Archivos de Indias, mientras entonces, hasta estudiantes como yo, navegamos horas y horas entre documentos, de 1610 viajábamos a 1753 entre bitácoras y relaciones. Descubríamos América en Sevilla.
Claro que imagine lo que pasaría en ajedrez pronto. La primera colección fue la revista Chess Life and Review que anunciaba su versión en microfilm. Sin embargo, la solución era tan costosa, como ahora es el Regaine para los calvos, que se ven entre el pelo y comer. El microfilm fue pronto rebasado.
Las fotocopias y la Xerox manía abarataba un mucho los libros pero no resolvían espacio ni peso. Pronto estaba rodeado de cajas de fotocopias engargoladas de libros y revistas que obtenía prestados, los fotocopiaba y luego retornaba para que me prestasen más libros. En Taxco 1985 el GM Suetin me prestó unas horas libros y cuadernos de notas, supuestamente para hojearlos, pero el fotocopiador más rápido de Taxco, armado por la maquina fotocopiadora más cara de esos años, préstamo del gobierno del Estado de Guerrero, no durmió para reunir más de 4000 hojas de fotocopias de valioso material bibliográfico de la Delegación Soviética de Ajedrez. Para colmo, Suetin me regaló varios libros suyos autografiados, premiando así al espía ajedrecístico más peligroso que haya tomado cursos en Quantico (aunque fuese eso una década después y ya había desaparecido la URSS).
La concha aumentó gracias a Xerox. Esperaba su momento AMPEX…