19 ago. 2014

Pierda usted en ajedrez.




Decenas de libros tienen el título de “Gane usted en …Ajedrez” y generalmente son libros que el autor quería titular de otra manera, pero alguien de mercadotecnia decidió ponerle un título “gancho”, o simplemente es un libro sin mucha base para afirmar que se tienen recetas para ganar.
Después de décadas de jugar y “enseñar” o ayudar a entrenar, he llegado a la conclusión que la realidad es que los jugadores de ajedrez quieren perder.
El GM Carlos Torre Repetto cuando hablaba, me parecía que era una especie de Marcel Proust del ajedrez. Ese aislarse de jugar torneos internacionales desde los 21 años de edad, supuestamente por un problema de nervios me daba mucho en que pensar cuando además parecía haberse bebido un libro enorme como “En busca del tiempo perdido”, me hizo sospechar mucho y se me hizo materia obligada leer el libro que el maestro Torre tenía como su libro de cabecera.
Proust parece un elogio a la desgracia y a Torre, que durante años parecía vivir un “martirio alegre” como decía, le llamaba la atención la idea de que uno realmente se superaba en base al sufrir.
“La felicidad es buena para el cuerpo, nos sentencia Proust, pero es la tristeza la que desarrolla toda la fuerza de la mente” Ya decía otro seguidor de Proust, Alain de Botton que “estas tristezas nos obligan a realizar una tabla de gimnasia mental que sin duda habríamos rehuido en tiempos más felices”.
La necesidad hace parir jimaguas, dicen en Cuba, y salimos de nuestra zona de comodidad a base de “tener que comerse un cable”. El llamado “período especial” llevó a que en Cuba se despertase el ingenio a niveles insospechados. Varias veces el equipo de Cuba en ajedrez se ha colocado en los primeros diez lugares del mundo a partir de ese período, superando a muchos países con grandes tradiciones en ajedrez, mayor población, mayor ingreso y con ajedrecistas que gozan enormemente con mucho mayores facilidades que los ajedrecistas cubanos.
Muchos se creen que juegan ajedrez para ganar, pero la verdad es que no les atraería el ajedrez si fueran tan ganadores como dicen querer serlo. Se juega ajedrez para perder, nos atrae por lo frustrante. Si la prioridad genuina es el desarrollo de nuestra capacidad mental, entonces, de acuerdo a Proust y a Torre, estaríamos mucho mejor siendo infelices que estando contentos.
Napoleón decía que solo los estúpidos estaban satisfechos. Está uno contento consigo mismo sólo si se tienen miras cortas. El ser humano vive insatisfecho, con un infierno en su interior, una ansiedad continua. Sísifo es el personaje con que uno se identifica más, y Prometeo el más admirado, además de que sabemos en nuestro interior que caeríamos en lo mismo que Ícaro, pidiendo demasiado a nuestras alas. Admiramos más a los audaces que fracasan que aquellos que parecen lograr todo fácil, a esos los envidiamos con cierto desdén.
Dice Alain de Botton que a pocas cosas nos dedicamos los seres humanos con tanto ahínco como a la infelicidad y que si un maligno creador nos hubiese colocado sobre la tierra con el único propósito de hacernos sufrir, tendríamos buenas razones para felicitarnos por nuestra entusiasta respuesta ante semejante tarea.
Nadie mejor para introducirnos al mundo proustiano que Alain de Botton. Lástima que sus mejores libros sobre Proust se publicasen años después de la muerte de Don Carlos Torre, pues, ferviente poseso por las ideas proustianas, hubiera sacado buenas ideas de los escritos de Alain de Botton. Pero fue hasta 1994, hace veinte años que se publicó su libro “El Placer de Sufrir”, y aunque ha sido traducido a diecisiete idiomas, este autor suizo, nacido en 1969 y avecindado desde hace muchos años en Inglaterra no se puede decir que sea muy popular en México.
El GM Carlos Torre muchas veces nos mostró a Marcel Sisniega, a Carlos Manzur y a mi, partidas en que un gran maestro parecía necio en perder y el contrincante tenaz en no vencerlo. “No cumple con su objetivo, porque el contrincante no le ayuda. Juega el blanco y queda perdido, contesta el negro y el que queda perdido es el negro, así y así, es frustrante, una verdadera delicia.
De Marcel le agradaba pronunciar su nombre, “Marcel, como Proust”, pero Marcel insistía que fue por Duchamp su nombre y yo bromeaba que era por Marceau. “Tienes la mirada triste” le decía a Marcel, y a mi me parecía que quien tenía una mirada realmente triste era Torre y me llamaba la atención que en el filme de 1925 sobre el torneo de Moscú, las cortas escenas de Torre reflejan un Torre muy optimista, muy alegre. La explicación del cambio me la dio uno de los personajes trágicos en la vida de Torre, el GM Edward Lasker que me dijo: “Torre se transformó en 1926, después que perdió conmigo” Lo dijo, con una expresión que no pude descifrar entonces, ya que los seres de muy avanzada edad tienen rasgos muy marcados ya por el tiempo y no es fácil interpretar sus gestos, pues el tiempo y las muchas experiencias marcan el rostro y nos dan a los viejos cierta máscara que, pudorosamente, nos cubre cuando confesamos pecados del pasado. Un Lasker lo consagró a Torre y otro Lasker lo aniquilo. Esa es mi conclusión.
El caso es que Torre creía que los ajedrecistas nos esforzábamos mucho en perder. “Angelitos de Dios, pierden porque no los quiere Dios, han pecado mucho”.
Perdemos seguramente porque inconscientemente sabemos que no merecemos ganar.
Torre compartió, o copió una manía de Proust, la de leer diarios de pe a pa. Como escudriñando crónicas de tragedias. Que si mataron a 10 en una masacre por tierras, que si un camión arrolló a 30 peregrinos en una carretera cuando iban a la Villa para poder seguir pecando todo un año antes de la nueva peregrinación.
No vaya demasiado rápido, decía Torre cuando preguntaba algo como de donde venía y yo contestaba que regresaba de un día en Uxmal, y me decía, pero no se salte los pasos, dígame donde tomó el transporte, su desayuno, que tomó, a qué horas se levantó, no se vaya demasiado rápido, como solía decir Proust, que fue capaz de escribir en más de veinte páginas la descripción de cómo cambió de posición en la cama durante una noche.  N´allez pas trop vite, no vaya demasiado rápido, podía ser el lema proustiano, y Torre lo tomó para sí.
Jugador de comprensión rápida y que captaba lo más oculto en una posición en segundos, gustaba de recrearse en el análisis y a l vez era impaciente, no soportaba esperar la respuesta del contrario y quería terminar la partida si el oponente jugaba flojo, pues no “sabían perder”, decía que hacían el error fácil, no el sutil. “Hay que aprender a perder en grande, por un error enorme en una concepción maravillosa, no en el simple descuido de ver donde está una pieza, deben aprender a perder. Perder así como le hacen, no les deja ninguna enseñanza, convierten a la derrota en un acto estéril”.
Gustaba Torre de analizar partidas de grandes maestros y dedicaba sobre todo a verlas desde el lado del perdedor. “Cada vez que veo una partida ajena estoy reproduciendo una partida mía, es como cuando leo una novela, el protagonista soy yo, todo lo que lo rodea, las personas, son para mi lo que me rodea y las personas que me rodean, cada partida es de uno y toda novela es la historia de uno, todo lector es lector de su propio yo.
La única manera en que una partida que reproduzcamos nos deje algo, es que la suframos, así puede afectarnos como es debido, en vez de ser una simple distracción. Es la posibilidad de tener una enseñanza de una experiencia que tal vez nunca habríamos experimentado en nosotros mismos.
La universalidad del carácter humano es tal, que viendo partidas de Spassky, reconoceríamos a algún jugador de nuestro medio. Torre señalaba a los comensales de un café de Mérida y nos mostraba similitudes con los grandes maestros que conoció en Europa. “Miren, ese toma los cubiertos igual que Tarrasch y aquel tiene la mirada irónica de Maroczy, y aquel acaricia la mano de la muchacha que le presentaron de la misma manera que Capablanca”.
El reconocer en un cuadro del siglo XV a personajes que frecuentaba Proust cuatro siglos después, lo que se llamaba “el fenómeno del Marqués de Lau”, cuando Proust reconoció en un cuadro de Ghirlandaio, “Un viejo con un niño”, el rostro de ese marqués contemporáneo de Proust, lo hacía Torre cuando analizaba una partida perdida por algún ilustre jugador y que Torre gozaba con masoquismo tratando de adivinar como se las arregló para perder, que tuvo que pensar.
“Hay que escribir un libro que se llame Pierda usted en Ajedrez” y le daba a Manzur una lista de partidas, todas muy largas, para publicarlas…”No vayan demasiado rápido”…