31 ene. 2015

Coleccionar libros de ajedrez.




Las grandes bibliotecas son orgullo de sus países y de sus ciudades, es el atesorar el conocimiento y la memoria de la humanidad. Reunir y tener acceso a la creación humana es como preservar y trascender lo que el ser humano ha sido.
De los ilustres pensadores de las generaciones anteriores, además de sus creaciones, nos quedan sus bibliotecas, parte importante de la huella que dejaron al pasar por el mundo, cincel del escultor de civilizaciones casi tan importante que la estatua que dejó para la admiración de sus contemporáneos y sus sucesores.
Visitar la biblioteca de un maestro es como escudriñar un poco en la esencia de su razonamiento, compartir un poco la emoción sentida al momento de crear; es extender nuestra admiración al ámbito de lo íntimo, ventanear indiscreto en su forma de ser y en su forma de hacer.
Ahora que leemos que una de las grandes bibliotecas orgullo de Moscú se quemó y que un 15% de sus tesoros se quemaron; lo primero que uno quisiera saber es con que sistema de seguridad se le preservo; si hay copias fotográficas o escaneadas de los documentos. Pues si nada puede sustituir a un original, al menos la copia da el consuelo de que la memoria no se pierde.

La memoria de lo que se ha hecho es lo que define a una persona, su historia lo individualiza, es de alguna manera su bien más precioso. Pues pueden perderse bienes materiales, aptitudes físicas, capacidades, pero la memoria es algo que no puede quitarse por otros, solo por la naturaleza o el creador.
Por eso el ser humano tiende a coleccionar, a tener objetos, documentos, fotos que le ayuden a sentir que la memoria de lo que es y ha sido no se pierda. Pero es común que durante el camino por la vida, por mucho cuidado que se tenga, se pierden estos ayudantes del recuerdo, haciéndonos sentir que estamos en peligro de que algo importante de la memoria se nos vaya.
En el caso de los ajedrecistas hay quienes guardan sus partidas y quisieran que de alguna manera se preservaran sus esfuerzos, que en algún rincón quedase evidencia de las emociones y los razonamientos que se pusieran en ellas y que fuera como una pequeña voz que hablase de nuestra presencia en el tablero a los oídos del futuro, como comunicarnos con aquel ajedrecista que no ha nacido todavía, pero que compartirá, a su manera, muchas de nuestras alegrías y nuestros dolores; hermanándose de alguna forma con nosotros y así perseverar y trascender a aquellos tiempos que no veremos.
Tiempo y memoria quedan en los libros y revistas de ajedrez, tradicionalmente, y en archivos y bases de datos con el advenimiento de la informática, intangible receptáculo de memoria y, al parecer, el medio que más probabilidades tiene de perdurar.
Como medio electrónico diseñado para cuidar la memoria, forzosamente fue dirigido a preservar el contenido de los libros y documentos. La facilidad de reproducción y su sencilla y natural multiplicación, garantiza la preservación de ese deposito maravilloso de memoria que es un libro.
Para el ciudadano común del mundo del conocimiento, que no puede acopiar los libros impresos a su alrededor, que no cuenta con ámbitos y con condiciones para vivir rodeado de miles de libros, la computación abrió un mundo nuevo, el tener el gran universo bibliográfico en la palma de la mano, como aquel verso del escritor inglés que decía “El universo en una brizna de polvo”.
En un deposito de diminuto tamaño podemos tener miles de libros, en un decímetro cubico podemos tener la memoria de documentos que en su forma original ocuparían cientos de metros cúbicos.
Pero así como las bibliotecas de ciudades fueron producto de la labor y empeño de pequeños grupos de personas y muchas con los años, al fenecer las personas, que al pasar de los tiempos eran los motores que mantenían su funcionamiento, quedaron como momias con su testimonio silenciado, durmiente a la espera de que llegue un nuevo ser humano que las vuelva a a la vida, así muchas bibliotecas informáticas perecerán seguramente.
¿Cuántas personas en el mundo están recopilando libros de ajedrez en su versión informática? ¿Cuántas lo hacen realmente en serio, es decir, que acopian por lo menos unos diez mil documentos? ¿Cuántos documentos de ajedrez constituyen la memoria esencial de la humanidad en esta actividad?
Aunque nadie puede hacer algo más allá que estimar y fantasear para dar esas respuestas, me imagino que entre 500 millones de personas que saben mover las piezas de ajedrez, unos 5000 recopilarán libros en versión informática a cantidades significativas y unos 500, uno de cada millón, tendrá una biblioteca en su computadora que rebase 50 mil documentos, de unos 150 mil documentos que sería la memoria esencial del ajedrez.
Con libros que tuvieron tirajes de entre 500 y 20 mil ejemplares, el que se rescatasen unos 30 mil de ellos, sería ya un logro, pero quizás otro tanto, constituido tal vez por los libros secundarios, se habrá perdido para siempre en un siglo más.
¿Qué tanta posibilidad hay de que una biblioteca personal en versión informática  de 50 mil ejemplares sobreviva a su colector? Digamos que un 20%. O sea una de cada cinco bibliotecas vivirá otro tanto de años que los que vivió su recolector. O sea uno de cada cinco millones de aficionados al ajedrez, cuando mucho.
¿Qué ha sido de las grandes bibliotecas de libros impresos de ajedrez de México? De unas 15 personas que a mediados del siglo XX tenían bibliotecas con más de 1000 libros de ajedrez, solo puedo pensar en dos que más o menos sobrevivieron. O sea que dos de quince, comparados a uno de cinco de las bibliotecas en versión informática.
Como el costo es tan bajo para recolectar libros en versión informática, ya que el principal requerimiento para acopiar libros así es de conocimiento de cómo hacerlo, se podría hacer una campaña para que más personas participen de esta manía coleccionista y así aumentar la posibilidad de preservar tan importante, al menos para los que son aficionados al ajedrez, memoria.
Desgraciadamente, si el costo monetario es bajo, el costo en horas es muy grande y en cada momento parece ser una labor ingrata, aunque hay veces que uno se estimula al disfrutar de alguna manera de un libro que uno ni sospechaba que existiera o conocía solo por referencias.
El poder leer libros que deseamos en nuestros inicios en el ajedrez poseer, pero que eran de un costo más allá de nuestras posibilidades y que ahora los tiene uno gracias a unos diez minutos de empeño en descargarlos de la red, lo estimula a uno, y a pesar de no estar cierto de la utilidad final del esfuerzo, persevera uno como enfermo de una fiebre por la posesión de un conocimiento.
Con los amigos de la red de Fontanka, ya puedo decir que llegué a los primeros cien mil libros recopilados en PDF y Dejavu; además de 4000 en formato Chessbase; aunque el record de más de documentos de ajedrez recopilados lo tiene el líder del grupo y que vive en San Petersburgo con sus archivos en 8 teras y que presume tener 175 mil libros y casi un millón de documentos, además que de otros campos tiene otro medio millón de libros, principalmente en ruso, alemán y en inglés, pero lo curioso es que solo tiene unos 100 en francés, mucho menos de la quinta parte de lo que yo tengo, así que este líder apenas anda en la punta del iceberg en muchos idiomas.
Esto da una idea de lo amplio de la tarea, de lo enajenante que es y falta pensar en lo realmente útil de tantas horas empleadas. En esta semana que solo trajo malas noticias, desde pérdidas de vidas humanas que cada una vale lo de mil bibliotecas, hasta incendios de la biblioteca de Moscú, así como el sufrir diario por la mezquindad humana a la que todos nos hemos acostumbrado, trato de mantener el ánimo suficiente para añadir más documentos a la biblioteca y aun crear algo más, como el Bucanero de Ajedrez, que ya me siento en la obligación de terminarlo, aun cuando confieso que el ánimo personal está por los suelos y la desazón aumentada por la situación tan pobre del país en el ajedrez en particular, y en la situación general. Cuesta mucho seguir adelante, pero no voy a cooperar con la cantidad de malos ejemplos que mi generación va dando a los más jóvenes. Alea Jacta Est.