16 mar. 2015

El ajedrez, edades y formaciones, ¿somos nuestro cerebro?




Recién competí en el Selectivo del Distrito Federal para el Campeonato Nacional Abierto y como al principio me fue muy bien y aseguré mi clasificación (con gastos pagados, que era lo importante) tuve algo de tiempo para ver las partidas de otros tableros y observar el desempeño de jugadores de diversas categorías etarias, pues compitieron en varias “sub”,  como sub 10, sub 14, etc,
Me sorprendió en la categoría de adultos ver partidas de jugadores que ya tienen títulos de maestro FIDE que desconocían técnicas elementales de finales, sobre todo un final de peones del llamado “cuadrado errante”, y otro con la mala aplicación de la Posición Lucena, aunque en un final de dos torres contra dos torres.
Pero en los muchachos menores de 14 años la cantidad de errores en finales de peones en situaciones de simple triangulación fue abundante. De hecho traté de preguntar a sus supuestos entrenadores si les enseñaban esos temas. La respuesta de que no tenían tiempo más que prepararlos en aperturas no me dejó satisfecho, porque revise las papeletas y observando las primeras diez jugadas de las partidas, los errores en esa etapa eran bastante gruesos.
El caso es que en este evento selectivo de una ciudad tan grande, 22 millones de habitantes por lo menos, se vio un ajedrez de una calidad preocupante.
De hecho, en mis propias partidas, solo una la jugué bien, pero achacaba a un resfriado mi bajo desempeño y se puede decir que gane la cantidad de partidas suficientes a base de jugar basado en la técnica. En pocas palabras cambie rápidamente piezas, aproveche alguna imprecisión de los oponentes en los finales y gane de forma rutinaria, o sea aparte de una partida en que si trate de crear algo, lo demás fue aplicar técnica.
Pero me sorprendió ver algunos jugadores jóvenes con rating cercano a los 2300, que perdieron con algunos  muchachos mucho menores que ellos y con 200 puntos menos, en partidas donde no se vieron grandes lances, sino simplemente muchos errores.
Tenía yo unos tres años que no había asistido a un selectivo similar y vi una calidad muy inferior al evento anterior. Conclusión: Ha bajado mucho la calidad del ajedrez en la gran ciudad de México.
Hace unos 30 años nos quejábamos varios entrenadores que el 95% de los jugadores con títulos internaciones  de todo el país vivían en la Ciudad de México y que había una diferencia abrumadora con otras ciudades. Incluso, observando más atrás en la historia, todo el siglo XX parecía que solo en una ciudad había ajedrez. Aunque muchos campeones nacionales no habían nacido en la Ciudad de México, todos los del siglo XX residían en la Ciudad de México al ganar sus títulos. La única excepción fue el GM Carlos Torre, que cuando en 1926 ganó el título de campeón nacional era oficialmente residente en la Ciudad de Nueva York.
Pero ya en el siglo XXI, aunque la gran mayoría de maestros residen en la Ciudad de México, en las categorías infantiles se observa que la amplia mayoría de los campeones son de diferentes entidades y ya son raros los capitalinos que ganan los títulos nacionales. Muchos adjudican el hecho a que maestros cubanos tienden a tratar de residir en pequeñas ciudades y han trabajado con niños en esas localidades. Pero no está claro, porque los niños ganadores  reconocen como sus entrenadores a profesores mexicanos y es raro que declaren que son entrenados por maestros cubanos.
Otra razón que se alude es que en las ciudades del interior del país hay más apoyo para los jugadores infantiles y juveniles. Eso si está muy claro, porque las autoridades deportivas de la Ciudad de México en los últimos diez años han aportado mucho menos fondo que en un año aportan las autoridades de ciudades más pequeñas. Pero con todo y esa falta de apoyo, la cantidad de niños que practican ajedrez en escuelas privadas que si apoyan monetariamente el ajedrez en la Ciudad de México, es diez veces mayor que en otras ciudades, aunque la calidad de sus instructores es muy discutible. Son muchos, bien pagados, pero normalmente empíricos, con escasa capacitación y no han tenido éxito en lograr jugadores de nivel entre sus alumnos.
En educación superior la cosa es muy diferente. Hay universidades privadas de la Ciudad de México que tienen equipos bien apoyados y que están integrados por los que serán los representantes internacionales de México en la próxima década. En las Universiadas no se observa esa baja de nivel de la Ciudad de México en las categorías infantiles. Lo mismo pasa en adultos, que aunque si se ve una baja en la calidad, los jugadores de la capital siguen teniendo los lugares más destacados, aunque hace unos meses varios jugadores con títulos de gran maestro han decido probar suerte laboralmente y residir en otra ciudad y seguramente ganarán campeonatos como representantes de sus nuevos lugares de residencia. Pero en lo general, a pesar del deterioro de calidad, siguen los capitalinos siendo los favoritos en muchas competencias de adultos.
Parece que a mayor edad sea la categoría, los favoritos sean los capitalinos.
Urge el estimular a los instructores a que se preparen más, tengan mejores programas de estudio para sus pupilos, les den seguimiento a expedientes, se haga un trabajo más profesional. Parece que se conforman con tener un trabajo pagado y como sus supervisores no saben de ajedrez, pues van nadando de a muertito sin preocuparse, pues saben que sus errores se notan solo a través de los años.  Aquí, si, el instructor es culpable. Una prueba estilo Enlace para los ajedrecistas escolares de la Ciudad de México sería seguramente una amenaza terrible para los capitalinos.
Unos “promotores” del ajedrez capitalino, citaban a Dick Swaab y su libro Somos nuestro cerebro, como referencia de que el ajedrez era recomendado por el autor. Pero ese libro dice cosas terribles. El citado autor,  neurólogo de especialidad,  es escéptico sobre nuestra capacidad de mejorar las capacidades cerebrales.
Entre otras cosas dice: “el cociente de inteligencia depende en un 88% de esa herencia genética”. Agrega más adelante que el libre albedrío solo es una agradable ilusión.  Afirma que entre lo poco que podemos hacer, destaca una cosa: jugar al ajedrez.
Esos libros parecen ser parte de una campaña para hacer más ancha y más profunda la brecha que separa a los estudiantes con capacidad económica de los que nacieron con menos privilegios, además de tener unos tintes obviamente racistas. A la larga quieren demostrar que la enseñanza privada es más confiable que la pública y tratar de evitar que la movilidad social sea más difícil, socavando la educación abierta a todos. Desgraciadamente esa batalla se va perdiendo, en gran parte debido a la corrupción y a los que trabajan “nadando de a muertito”.
Un supuesto entrenador me replicó con algo similar al personaje de Frank Gallagher, alcohólico y amoral padre interpretado por Bill H. Macy en la serie “Shameless”, para justificar su desatención hacia sus pupilos: “Los niños vienen preconfigurados; no puedes hacer nada por ellos”. Terrible, como dice un crítico del libro de Swaab, Federico Marín Bellón en excelente artículo.