23 abr. 2009

Causa y Efecto; el ajedrez y el tenis de mesa, mundos unidos por la Intuición.


Por MI Raúl Ocampo Vargas.

Cuando se habla del ajedrez, la idea común es la de personas reflexivas que lentamente toman decisiones, en que los sucesos tienen en el tiempo su propia medida, no corren minutos, sino jugadas, desafiando las fórmulas de Einstein, o más bien confirmando la idea de que hay cosas que tienen su tiempo relativo y no pueden enmarcarse en el tiempo real.
Pero en el ajedrez de competencia que pretende volverse de espectáculo y de emoción, los nuevos caballeros de los torneos del siglo XXI juegan a velocidad, rebasando sus razonamientos la celeridad que le brindan las manos. Ya no la vista, el pensamiento, es más rápido que las manos. Juegan en un pequeño tablero pero gracias al Internet pueden ser observados por millones de espectadores en todo el mundo al preciso momento en que las jugadas tienen lugar en ese pequeño marco de 64 casillas.
El tenis de mesa, se observa a una rapidez que parece hacer imposible notar que es lo que está pasando y a menudo, para hacer notorio lo artístico y lo hábil del lance, los que desean hacerlo espectáculo de audiencias numerosas buscan grabarlo en video y pasarlo con lentitud para que más personas sean capaces de apreciar lo sucedido.
En los torneos de ajedrez a menudo también se han grabado las partidas lentas para ser transmitidas a mayor velocidad para darle agilidad al espectáculo.
Ambas formulas no han resultado ser felices. Ni el ajedrez logró las grandes teleaudiencias con las grabaciones aceleradas, ni el tenis de mesa las logró con las grabaciones relentizadas.
Para el ajedrez la clave de oro fue el Internet con las partidas con límite extremo de tiempo, estilo “ping –pong”, en su denominación onomatopeyica.. Como si fuera tenis de mesa. Con transmisión a tiempo real y al alcance de millones de espectadores.
Para el tenis de mesa, no ha habido mejor camino que la participación directa y la observación en vivo. La idea de usar pelotas más lentas o técnicas en que se utiliza más el espacio fuera de la mesa, han tenido destellos de éxito, pero aun no halla su medio de comunicación ideal, como el ajedrez lo encontró en el Internet.
Ambos son juegos milenarios que Oriente compartió con Occidente y han logrado gran afición más en los países en desarrollo que en los grandes imperios industrializados.
Es curioso que en ambos logren la excelencia los jugadores chinos. A pesar de que la idea es que los herederos de la cultura milenaria de oriente son característicamente reflexivos, su gran velocidad en toma de decisiones y movilidad los han hecho destacar en el ajedrez rápido y en el tenis de mesa.
No es que no razonen, lo que pasa es que lo hacen a una velocidad destellante.
El cerebro es entrenado a dar la respuesta rápida. Es como si no fueran tras la pelota y la jugada de ajedrez, es como si ellas se pusieran al alcance de las manos del jugador.
Es la velocidad de la intuición. Es como si “adivinaran” en décimas de segundo, donde hay que colocarse, el jugador de tenis de mesa, o la pieza de ajedrez.
Percibir la causa y el efecto, adaptar todos los sentidos y el pensamiento a esa percepción y crear la reacción adecuada a una super velocidad.
Tanto para los entrenadores de ajedrez como para los de tenis de mesa la clave está en crear esa “intuición” en sus pupilos. El tener al dedillo las respuestas, para estar donde debía estar, el jugador de tenis de mesa y la pieza de ajedrez. La mano, hábilmente desarrollada, se encarga entonces de cumplir la orden cerebral, a la velocidad requerida en cada circunstancia.
Dos actividades tan aparentemente diferentes, se unen así por el sonido. Ping-Pong. Cuando dos jugadores de ajedrez rápido juegan, cuando dos jugadores de tenis de mesa lo hacen, el sonido es similar. Se hermanan estas dos actividades en lo externo, en el sonido, y en lo interno, la intuición. Se expresan las dos actividades ante el espectador en la rapidez de manos y en la tensión continua, la alerta constante.
A diferencia de otros deportes, los grandes espacios físicos no son factores que muestren la riqueza de expresión. En algo pequeño, como una mesa, surgen grandes cosas. Es, como dijera el poeta William Blake, el universo completo dentro de una brizna de polvo.
No se, con precisión, cuantos cálculos tiene que hacer el cerebro para deducir cual es la jugada precisa en un tablero de ajedrez, o cuantos cálculos tiene que elaborar para que una raqueta haga su labor en un lance de tenis de mesa; pero si se con exactitud la gran cantidad de operaciones que una computadora tiene que realizar para abrir una pequeña “ventana” en la pantalla de un ordenador. Entonces me es fácil asegurar que es un verdadero prodigio lo que el cerebro humano realiza en cada jugada de ajedrez o de tenis de mesa.
El continuo jugar ajedrez o tenis de mesa, brinda un entrenamiento demasiado valioso para la actuación del ser humano en la vida, como para no ser digno de la atención de educadores, pedagogos o formadores del desarrollo humano.
En una época en que la escasez de recursos y su optimización es un factor determinante ahora en que tan poco tiene que ser utilizado para bien de tantos, actividades tan económicas en necesidad de insumos y tan potencialmente benéficas para la mejora interna del ser humano, debieran ser priorizadas en la promoción entre niños y jóvenes. No por nada han mantenido el interés de la humanidad por tantos siglos.
Debiéramos hacer reflexión profunda en los aspectos de tan formidable fuente de beneficios de ambas actividades, muchas veces consideradas “patitos feos” de la esfera deportiva, y seguramente llegaríamos a la conclusión de que algo debemos hacer todos para que las generaciones venideras encuentren que las presentes no sufrimos de una ceguera incomprensible y supimos legarles una sociedad que reconoció sus valores.

(Artículo publicado en el primer número de la Revista “Causa y Efecto”, junio de 2008)