22 jun. 2009

Jugar y Vivir ajedrez.


Capítulo 2. La fascinación.

El efecto fascinador del ajedrez en el ser humano ha tratado de ser explicado por varios connotados psicoanalistas. Uno ineludible es el Dr. Reuben Fine. No sólo por haber sido uno de los jugadores más fuertes del mundo y ser considerado uno de los pensadores más profundos del tema de ajedrez durante décadas; sino por haber sido el primero en atreverse a tocar un aspecto muy sensible y adentrarse en terrenos resbaladizos como el de los arquetipos colectivos.
Uno de los campeones mundiales, o mejor dicho, de los jugadores que fuesen considerados el mejor jugador de su época en el mundo, ha sido particularmente objeto de análisis psicológico. Su historia con tintes trágicos, su demostrada superioridad sobre sus contemporáneos, la temprana edad de su retiro y la serie de leyendas sobre su comportamiento extraño tras abandonar las competencias de ajedrez; todo se une para atraer la atención del público en general y de algunos especialistas en particular. Pablo Morphy es el personaje central de varios estudios. El más notable, desde el punto de vista psicológico es el de Ernest Jones: “Le cas de Paul Morphy en Essais de psychanalyse appliqué”, publicado en Paris por la Editorial Payot en 1973. La capacidad del ajedrez, a través de sus símbolos, de fascinar al alma humana y despertar todo tipo de contradicciones en personas sensibles como Morphy, poseedoras de inteligencia superior al promedio y llevarlas a actuar de manera considerada poco razonable por la mayoría, no podía pasar inadvertido a cualquier investigador serio de las condiciones humanas. Jones, muy debatiblemente, habla de la existencia en Morphy de una sexualidad infantilizada en el mecanismo edípico de la muerte del padre simbolizado en el jaque mate al rey enemigo. Algunos biógrafos gustan de apuntar el hecho de que los triunfos de Morphy se multiplican poco después del fallecimiento de su padre, notable abogado que Morphy inútilmente trató de emular, y con quien siempre mantuvo una autoestimación inferior.
Preferiría yo afiliarme a la idea de que la fascinación del ajedrez proviene de aspectos más sublimes y menos terrenales. Huizinga habla de que lo más específicamente humano es el elemento religioso del juego. “Lo que en los juegos de los animales sirve para entrenar y perfeccionar pautas de comportamiento, útiles para la supervivencia individual o colectiva, en la especie humana se reviste de un nuevo lenguaje: el problema de la vida y la muerte, de la supervivencia y de las fuerzas que determinan o predeterminan el destino de la partida individual sobre el tablero del mundo” (Ricardo Calvo, en “La Otra historia del Ajedrez”).
Baku, ciudad petrolera, muy relacionada por los ajedrecistas por ser el lugar de nacimiento del campeón Garry Kasparov y de otros grandes jugadores, llama la atención por su panorama de pozos petroleros afeando un paisaje otrora hermoso, pero también atrae la idea de que parte de ahí una leyenda que une al fuego perpetuó de uno de sus templos surgidos muchos siglos atrás con la idea del monoteísmo religioso. Camino de muchas caravanas a lo largo de los siglos, que conectaba al Lejano Oriente con las regiones de Asia Central y Oriente Medio, fue paso obligado en el camino del ajedrez, en sus versiones más antiguas, hacia Europa. En Baku, se dice coloquialmente que ahí el ajedrez perdió su dado. Es decir, ahí paso a ser juego de azar a ser juego de habilidad. El fuego, surgido de una fuente de energía de gran dimensión, que se mantiene en el centro de un templo por siglos, llamó la atención a un viejo filósofo proveniente del califato abbásida de Bagdad, que reflexionaba sobre la predeterminación de origen divino en la salvación o condenación del ser humano y se cuestionaba sobre la verdadera existencia del libre albedrío y su influencia el destino individual. Observaba a dos personas jugando ajedrez, en la versión primitiva del chatrang que utilizaba los dados para determinar que pieza podría mover el jugador en turno. No dejaba de pensar en que en todos los sistemas religiosos de adivinación del futuro, en sus interrogatorios con los dioses, antes del monoteísmo, el azar era básico. Tanto en el I Ching de China, como en el Ifá africano, las ruanas de los drúidas, el azar se manifestaba con números 8, 16 y 32. El judaísmo conservaba, en mucho menor grado, el factor azar en lo que respecta a como debía uno conducirse, y son las religiones monoteístas las que van acotando la importancia de adivinos y hechiceros gestores de favores divinos para cambiar el destino. El Alea de los romanos, el Tabulae y el Tesserae, para los abbasidas islámicos, eran reminiscencias de religiones más emparentadas con la magia que con filosofías serias que explicasen al hombre su papel y destino en la tierra. Para los romanos “Ita vita est hominum, quasi cum ludas tesseris” comparando el juego de azar con la vida humana. Aunque los romanos no se dejaban dominar por el fatalismo como los griegos (como en Edipo), sino con actitud agonística y combativa para enfrentarse al destino.
En las tradiciones hebreas, la lucha contra el destino, contra el mismo Dios, no sólo era aceptable sino encomiable. El nombre de Israel significa eso, él que lucha contra Dios, él que se atreve a luchar contra el destino.
Para un filósofo abbasida como el de la leyenda en Baku, la legitimidad jurídico religiosa del juego de ajedrez desde el punto de vista del Corán se veía debilitada por la intervención del azar. El libre albedrío y la actitud filosóficamente opuesta, la del fatalismo como determinantes del Destino humano fue el tema básico de la forma de pensar de los abbasidas de Bagdad y cuyas conclusiones, a favor del libre albedrío y en contra del fatalismo, terminaron imponiéndose en todo el Islam. No habría más dados en el ajedrez. La razón y el esfuerzo individual eran los determinantes del destino. El ajedrez sería ejemplo usado por los profesores islámicos cuando quisieran ejemplificar que la vida era consecuencia de lo que elegimos. El hombre era el arquitecto de su propio destino. Para aquel que desafiaba el azar, el ajedrez era su juego. El ajedrez se liga a lo religioso a un nivel superior a la adivinación.
Cuando de los abbasidas llega a España, a Córdoba, ya el ajedrez no tiene los dados, esta entroncado con un haz de conocimientos ancestrales de tipo espiritual que le dan un halo sapiencial y de respetabilidad, de abolengo, de tradición antigua, que lo hace aún más atractivo. Una fascinación devenida de su característica profundidad, de su apariencia esotérica y el olor a la antiguo que le da valor por sentírsele avalado por el tiempo. Si ha sobrevivido tantos siglos, debe ser bueno; es el razonamiento que despierta a quien se acerca por primera vez al ajedrez. El ajedrez se convirtió en algo tan respetable en el medioevo, con su aire de sagrado y de sobrevivir a la prueba del tiempo, como una bebida añeja, que las piezas de ajedrez identificaban lo nobiliario, por lo aparecían en escudos heráldicos frecuentemente. En una era en que la magia era tan respetada como lo religioso, los ajedrecistas medievales veían ambos aspectos en el ajedrez y en su interpretación de la historia del juego. En los manuscritos se hacen muchas alusiones a las versiones semi-mágicas sobre los orígenes del ajedrez, así como de la conexión de este juego con aspectos religiosos y esotéricos.
Para el hombre medieval de cultura, generalmente monjes y caballeros de muy alto rango; el ajedrez ejercía gran fascinación, mientras que para el siervo no dejaba de llamar la atención el empeño que sus amos ponían a las batallas en los tableros escaqueados. El caso es que para los que lo practicaban, el ajedrez tenía su imán y para los que no lo podían practicar ejercía cierto atractivo, cierto misterio y el deseo, a veces guardado secretamente, de algún día practicarlo, como símbolo de estatus y de reconocimiento social.
Pero el mundo se hacía más ágil y el ajedrez, a pesar de evolucionar de juego de azar a juego de habilidad y cálculo; se notaba lento, pues las piezas requerían, con su andar limitado, de muchas jugadas antes de enfrascarse en combate. La sociedad tardo medieval habría de demandar la agilización del ajedrez y ponerlo más a tono con los tiempos. Se suscitaría el giro decisivo del siglo XV en Aragón, para darle vigencia al ajedrez en un mundo prerenacentista. Se acercaban los años donde Europa mediterránea despertaría a un Renacimiento y el ajedrez sería modificado, aumentando su poder de fascinación. Surgirían nuevos movimientos para las piezas, nuevas reglas. Como diría Ricardo Calvo: “El ajedrez evoluciona, pero en gran medida al precio de cavar al final una fosa evolutiva propia”.