22 jun. 2009

Jugar y Vivir ajedrez.


Capítulo 1. Definiciones.

Que la vida no hay que tomarla demasiado en serio, es recomendación de filósofos no muy ortodoxos o de escritores con buen sentido del humor, lo que es lo mismo, aunque no es igual, buen sentido común.
En la civilización occidental, a partir de los grandes logros económicos de la revolución industrial, surge, en las sociedades protestantes del norte de Europa y en las Islas Británicas, el concepto de “sportsman”. En esas latitudes, en el siglo XIX, el trabajo era considerado imprescindible para sobrevivir y socialmente encomiable. Pero en los países con costas en el Mediterráneo, la vida ociosa era la regla entre los llamados “aristócratas”, y apenas a inicios de ese siglo desaparecía el esquema económico sustentado en la esclavitud.
La vida hedonista y lejos de responsabilidades se identificaba con una actividad considerada fútil y contrapuesta al trabajo: el juego.
Pero si uno pone de un lado al juego y por otro lado “las actividades serias”, pronto hallará, en la reflexión sobre las distinciones, un sinnúmero de dudas.
¿Es el juego ocupación inútil? ¿O el ocuparse en algo que no es serio, es la actitud más seria del ser humano?
El juego es tan importante en la vida del hombre, como nos lo muestra continuamente la historia, como para banalizarlo. Conforme avanzan los estudios humanos, salen a la luz un número cada vez mayor de elementos trascendentales contenido sen el juego, que hacen evidente lo fundamental de esta actividad en la vida humana.
Después de la Revolución Industrial, la lucha por la sobre vivencia, al menos en algunos estratos de la sociedad, se va haciendo menos pesada y cada vez las sociedades industrializadas disponen de tiempo de ocio y el juego, y su derivado, el deporte va tomando un lugar crecientemente institucionalizado en ellas.
Ya el siglo XX vive el fenómeno del juego y deporte, la sociedad cada vez más se ocupa de lo que otrora se consideraba poco serio, y juega cada vez más. Nace el profesionalismo en el deporte, y lo que para muchos es juego, se convierte para otros en trabajo. Se crea un dualismo muy especial y que contiene muchas contradicciones.
El juego es una expresión cultural que reclama, en las sociedad actuales, un papel cada vez más importante. Si el juego es en buena parte cultura y la cultura es una cosa seria, entonces el juego no es cosa de juego.
Para muchos, involucrados en la lucha despiadada contra el desempleo, donde el neoliberalismo aprieta sus tornillos sobre la masa trabajadora, se hace obligado el cuestionar los “valores” de ese sistema. El juego se convierte en una de las válvulas de escape empleadas por necesidad de que no explote la sociedad. Al sobrevivir y su extrema seriedad, tan identificada con la esclavitud de los siglos anteriores, el ser humano recurre al juego como liberación.
Ahora bien. Entre las clasificaciones convencionales aceptadas por la sociedad occidental, queda muy claro todo lo que es serio, lo que no es juego. Pero por otra parte, lo que es juego no queda tan claramente definido. El encuadre conceptual de lo que es juego ha sido prácticamente imposible de establecer a satisfacción de todos los investigadores “serios”. Los múltiples aspectos son inabarcables en una definición, e incluso los legisladores han visto en ello un reto difícil de superar. Lo mismo para el deporte. Si han existido grandes dificultades para que legalmente se defina al juego y al deporte, de forma tal que cumpla con la amplitud suficiente para cumplir requisitos de legislación, para definir al juego filosóficamente, el reto es aún mayor.
El ser humano ha mostrado mucha creatividad en hacer juego muchas actividades y las clasificaciones van más lentas que las novedades.
Los encuadres conceptuales expuestos en los mejores trabajos de investigación siguen siendo insuficientes. Podemos citar los trabajos de Rainer Roland, “Hacia los fundamentos de una investigación del juego. Definiciones, Sistematización, Metodología”. Los de Wolfgang Einsiedler, “Jugar, Alegría del Juego. Seriedad del Juego, Homo Ludens: El Hombre que Juega”, publicado por el Instituto para la Investigación del Juego y su Pedagogía, en Salzburgo, 1996.
En la supercarretera de la información, la Internet, la meca actual del juego, las citas que se pueden hallar en un buscador usual sobre la “Definición de Juego” o sus connotaciones, pueden superar los doce millones de citas.
Desde la publicación en 1938 del tratado clásico de Johan Huizinga, “Homo Ludens”, las argumentaciones y consideraciones filosóficas sobre el contexto cultural del fenómeno lúdico se han sucedido con crecimiento algorítmico año con año. En la conservadora Enciclopedia soviética se le dedicó mayor espacio que a asuntos “más serios”, como son la historia de Moscú.
En las universidades han surgido innumerables seminarios sobre el papel del juego en las sociedades actuales. Centros de estudio sobre el tema se han implementado en antiguas universidades como la de Lleida y la de Córdoba. En la Universidad de Gottinga fue creado en 1986 un departamento especial para estudio del tema. En el caso del ajedrez, como un juego particular, la Universidad de Texas, en su Campus en Dallas, ha instrumentado seminarios especiales para estudiar, no su metodología y técnica, sino su encuadre conceptual.
Hay que apuntar que el juego como actividad es incluso anterior en la vida de la humanidad que la cultura. Huizinga ya señala que los animales no han esperado a que el hombre les enseñase a jugar. “La gratificación de instintos muy profundos, en esencia la misma que los animales obtienen de sus juegos para ensayar mecanismos biológicos de supervivencia, se encuentra en la base de lo lúdico, aunque en la especie humana el fenómeno cultural se haya injertado como ropaje sobreañadido sobre el terreno instintivo primigenio cubriéndolo a primera vista casi por completo. Cada juego puede así ser examinado en estratos de progresiva profundidad, cuyas últimas o primeras razones serían las biológicas. Los animales juegan para aprender a cortejar, a alimentarse, a huir o a matar. En los juegos del Homo Ludens los componentes instintivos más crudos están presentes, aunque queden ebmascarados.” (Ricardo Calvo, en articulo sobre Huizinga).
Desde el punto de vista histórico, los juegos más antiguos fueron las actividades atléticas como luchar, correr, saltar o bailar, que fueron practicadas desde la prehistoria, y no sólo por el Homo Sapiens, sino por sus antecesores homínidos. Posteriormente estas actividades se unieron a las surgidas como manifestaciones culturales, y se institucionalizaron y trascendentalizaron en ceremonias mágicas para adorar a los dioses, evolucionando hasta grados que han traspasado la barrera del tiempo, como es el caso de los Juegos Olímpicos.
Huizinga llega a un punto fundamental, lo que ha hecho de su obra un clásico, al establecer el elemento religioso del juego. Factor específicamente humano, crea la diferencia entre el juego realizado por el ser humano y los juegos de los animales. Huizinga lo llama “elemento sagrado” y afirma: “La pista, el campo de tenis, el lugar marcado en el pavimento para los juegos infantiles y el tablero de ajedrez no se diferencian, formalmente, del templo ni del círculo mágico” Y también “El hechicero, el vidente, el sacrificador, comienza demarcando el lugar sagrado. El sacramento y el misterio suponen un lugar consagrado” concluye Huizinga.
La actitud mental respecto a la actividad crea la diferencia entre juego y “asunto serio”, o sea trabajo. En la “Historia de los juegos de sociedad”, (Histoire des jeux de societé) de Jean Marie Lhote, editado en Paris en 1994, podemos leer: “Jeu et travail ne soné pas de méme nature, comme pourraient létre des notions opposées. Il s’agit de deux iniverses n’ayant aucum point común, ce dont on s’apercoit avec evidence quand ompense ces deux actes en termes d’obligation: il peut avoir un travail forcé, des travaux forcés, mais pas de jeux forcés”. Una misma actividad como cortar troncos de árbol puede ser trabajo si el propósito es laboral o deporte juego, comenta Ricardo Calvo sobre la cita de Lhote. Juego y trabajo no son de la misma naturaleza, son nociones opuestas, pero pueden tener puntos comunes, en términos de obligación. Un trabajo es forzado, pero no más forzado que un juego forzado. Los jugadores profesionales aparentemente juegan, pero en realidad trabajan. De Alekhine se citaba: “El ajedrez es mi trabajo, mi juego es el bridge”, aunque esa cita en muchas fuentes se ha atribuido a varios jugadores, la idea esencial es lo que importa. Un campeón mundial de ajedrez no juega al ajedrez, trabaja en el ajedrez y es un trabajo muy rudo.
Pero el juego es en realidad, para nuestra sociedad, un asunto muy serio. Pero como la vida, no debe ser tomado demasiado en serio.
Según los historiadores, el ajedrez es un juego superior, ya que un paso más allá con respecto a las prácticas atléticas rituales es la creación de juegos sin actividad física predominante, como los llamados en general, “juegos de sociedad”. Los juegos de tablero, cuyo remoto origen es la reflexión del hombre sobre diagramas impresos en el suelo, o líneas hechas en la arena, como era usual al planificar las primeras batallas en la prehistoria del hombre.