6 ago. 2012

Suficiente o Máximo: La Receta del GM Carlos Torre Repetto. Primera Parte


En estos días en que los medios de comunicación están saturados de los acontecimientos olímpicos, uno de las preguntas que surgen es ¿Cuál será el factor esencial del éxito de un atleta?
Se puede elegir el talento, el entorno favorable, el apoyo familiar, la suerte de coincidir con un entrenador adecuadamente capacitado o ser detectado por una buena organización del deporte, la motivación especial, (la desarrollada sistemáticamente o la surgida como si fuera de la “nada”), o sus cualidades físicas.
Por supuesto que, como lo he expresado en muchos artículos y en los libros como los de la serie “Aprendiendo de Entrenadores”, me gusta reunir todos esos factores en una sola clasificación y llamar “talento” al conjunto.
El “talento” abunda en todos lados, entonces no basta para explicar el éxito. Ahí entran los factores psicológicos, que también podría uno incluirlos, o al menos su fuente, en el conjunto talento, pero para efectos practico pedagógicos, los separo un poco de manera tramposa por mi parte.
Durante años me ha gustado observar e interrogar a muchos deportistas exitosos con los que he podido convivir o al menos conversar ampliamente, para escudriñar, a mi manera muy personal, las razones de su éxito.
En el medio del deporte he trabajado muy de cerca con medallistas olímpicos como Felipe “Tibio” Muñoz Kapamas, medallista de oro en 1968, Jesús Mena Campos, medallista de bronce veinte años después en 1988, con Raúl Gonzalez, varias veces medallista olímpico; Carlos Girón, etc.; eso en lo que toca a disciplinas muy ajenas al ajedrez.
Asimismo he colaborado laboralmente con deportistas destacados, casi de equivalencia en éxito a los medallistas olímpicos, como Jesús Bandera, una de las primeras estrellas mexicanas del Tae Kwon Do.
Pero es natural que los ajedrecistas fueron mi principal interés, sobre todo los polémicos Bobby Fischer y Carlos Torre Repetto, cuya carrera tocó las fronteras dramáticas, pues situaciones externas y su trabajo aparentemente solitario los marcan como enigmáticos.
El tratarlos personalmente a todos ellos lo considero un privilegio de vida, lo mismo que el tratar a grandes jugadores como Karpov y Tal, ya no digamos a muchos entrenadores que tuve la fortuna de tener su amistad, como el gran Aivar Gipslis, Alexandr Koblenz y Eleazar Jiménez.
También he investigado mucho de otros a quienes no traté personalmente y que son vitales para entender el tema.
Pero quisiera hablar principalmente de aquellos dos, a quienes traté personalmente y conozco prácticamente todo lo que jugaron y escribieron. En particular Torre y Fischer creo son de los que su biografía real y observada, mediática dijéramos, más mitos han propiciado.
De Fischer quisiera comentar más tarde algunas cosas, aprovechando algunas observaciones que quiero hacer respecto a un libro que apareció en México escritos por dos personas que conozco bien pero que no tuvieron la oportunidad de tratar a Fischer y uno de ellos ni siquiera se cruzó en la vida con el gran jugador.
Quisiera concentrarme en Carlos Torre Repetto, del cual no muchos recuerdan sus excelentes trabajos en el “American Chess Bulletin”, sino que es conocido principalmente por tres torneos que jugó en Europa en 1925, cuando tenía entre 20 y 21 años de edad; y del que muchos creen se malogró por motivos de desorden mental.
Por supuesto que no respaldo el mito del desorden mental, sino que afirmó que lo que sucedió con Torre fue una desgracia provocada, aunque no necesariamente intencional en lo que toca a su dimensión, pues los que la causaron no pensaron el gran daño que le harían al Gran Maestro.
Pero quiero centrarme en que Torre logró un grado de excelencia enorme y que puede ser modelo para que otros lo sigan, con mejor fortuna.
Me hubiera gustado escribir de Torre en la Serie de “Aprendiendo de los Entrenadores”, pero Torre tuvo tantos entrenadores que solo puede uno aceptar que Torre fue su propio y principal entrenador, pero es innegable la influencia de una serie de personajes notables en su desarrollo.
Torre es principalmente un ejemplo del triunfo de lo Máximo sobre lo suficiente. Una persona que hizo realidad aquello de sacar lo mejor de si mismo y que seguramente hubiera llegado a las máximas alturas si la tragedia y la maldad no lo hubiesen impedido.
Pero la receta de Torre, que expresa claramente en su libro “Desarrollo de la Habilidad en Ajedrez”, es, al parecer de muchos de los grandes deportistas con quienes la he comentado, la que mejor explica el éxito deportivo: Optar siempre por lo máximo, vencer a lo “suficiente”.
Podría interpretarse como el constante ir más allá de la zona de confort, o la autotortura, o el saber presionarse de tal manera de exprimir de nuestro interior la excelencia.
Esa manera de pensar y actuar mantiene a la persona en tal estado cercano al agotamiento que hace que allá una vulnerabilidad a las cosas externas no controlables que conlleva ciertos peligros, como se constata en las biografías de varios que así actúan, pero es la receta infalible para los grandes logros.
Creo que todos de alguna manera lo sentimos, pero no todos nos atrevemos a pagar el precio y arrostrar los peligros que implica tener por norma esa exigencia.
Si lo vemos de una manera práctica, uno reconoce la gran diferencia de jugar ajedrez tratando de hacer la jugada suficiente y de jugar tratando de hacer la realmente mejor jugada. La diferencia de esforzarse a la diferencia de esforzarse al máximo.
Muchos se engañan diciendo que tratan de jugar lo mejor posible, pero la verdad es que pocas veces salen de su verdadera zona de confort, que es realmente mucho mayor que la dimensión que quieren aceptar.
Es como la diferencia de un “·Estado de Guerra” a un “Estado de Esfuerzo”. Desgraciadamente lo que llamamos “Estado de Esfuerzo” en la realidad es un virtual estado de “Nos fingimos esforzados”.
Por eso decía Lasker que el ajedrez no permitía que la hipocresía sobreviviera mucho tiempo y a Fischer le agradó tanto esa observación que la puso en su libro, ya que Fischer la captaba como una condena a los que fingían esforzarse al máximo.