11 sept. 2012

Hace 50 años, recuerdos familiares.



Estaba en la Casa de mi abuela materna, Doña Amparo Arreola  viuda de Vargas, en las calles de Esparza Oteo en San Angel, Ciudad de México, esperando a comenzar una sesión de partidas de ajedrez que tendría, poco antes de la cena, con mi tío, el ajedrecista y ahora muy prestigiado escritor Juan José Arreola.
Era el año de 1962 y aparte de jugar ajedrez se trataba de mejorar un problema de dicción que tenía por medio de pláticas guiadas en que Don Juan José, (aunque yo le decía simplemente tío) me corregiría mi acento un poco caribeño que ocasionaba burlas entre mis condiscípulos.
Mi madre, profesora de sociología en Escuelas militares decidió apoyarme en ese problema con un profesor de defensa personal muy famoso del ejército, pero mi abuela, más pacífica, pidió a su primo que al mismo tiempo que me enseñara ajedrez, me enseñara a pronunciar mejor las palabras.
El caso es que eran duelos de ajedrez todos los fines de semana. No tan largos y tan disputados como los que Juan José Arreola tendría unos meses más tarde con el Maestro Enrique Palos Baez, amigo y vecino mío, porque yo avance un poco rápido y ya ganaba partidas y con los ejercicios de trabalenguas y las declamaciones de los versos de Machado ya decía “De Tin Marin de Dos Pingües” y no De Tin Marin de Do Pingüe. Ahora el problema es parar de hablar. Pero ese día que me acuerdo fue porque llegó con la edición de “Confabulario”, un libro que elogiaría incluso  Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (perdón, Borgues, como dijera Fox), en que hablaba de “El Rey negro”:
EL REY NEGRO

Por Juan José Arreola

Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó la última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.
Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental...
Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja... Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después...
Ahora estoy solo y vago inútil de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a la letra dice: Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta jugadas, por lo menos, han sido realizadas por ambas partes sin que haya tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.
El caballo blanco salta de un lado a otro sin ton ni son, de aquí para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de los rincones fatales.
Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: el mate de alfil y caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntad de matar.
La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el Triángulo de Deletang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino tres casillas para moverme: uno caballo rey y uno y dos torre.
Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetivos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final. ¿Para que seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el mate pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Legal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?
Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil.
Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de honor. Dedicaré los días que me queden de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.
Del libro Confabulario Total (1962)
Bueno, no cumplió, pues a petición del mismo Jorge Luis Borges, participó en 1971 en el Torneo de la Amistad Argentina México, en donde incidentalmente jugué una partida oficial de torneo, la única en nuestras vidas, mientras que amistosas jugamos miles, y gané un buen premio, el segundo lugar, ya que por desempate el Maestro Jorge Lara Arroyo se ganó el viaje a Bariloche. Lara en esos tiempos era muy fuerte, en 1974 empató con el GM Genaidy Sosonko una partida en que tuvo al borde de la derrota al holandés de San Petersburgo una treintena de jugadas y que no supo rematar, por lo que Sosonko decía que era como estar bajo un hacha de madera de un verdugo varias horas, resistiendo golpes en el cuello y ninguno era mortal. “Mi posición no era nunca lo suficientemente buena como para tener garantizadas las tablas, ni nunca tan mala como para rendirme, una tortura china”
El caso es que después de perder conmigo, Arreola perdió con un maestro argentino tras tener toda la partida ventaja y unas tablas casi seguras. “Te arruiné el viaje a Bariloche” me decía, ya que me perjudicó en el desempate su resultado. Nos fuimos a oír tangos  y se sorprendía que pudiese imitar muy bien el acento argentino y contaba anécdotas muy variadas. “Se ve que tienes sangre de buenos escritores” me decía. Y le contesté, “Seguro, como de la familia de Victoria Ocampo”. Cuando le conté a mi madre la anécdota del torneo y lo de la contestación, ella, Amparo Vargas Arreola, como siempre firmaba mis artículos en la prensa con solo Raúl Ocampo y protestaba de que no pusiese el Vargas, decía “Ponte tu apellido materno, para que vean que tienes madre. Es más, para que vean que tienes mucha madre, debieras ponerte Vargas Arreola” Sin duda estoy orgulloso de los días en que conviví con el Maestro Arreola, como todos los ajedrecistas mexicanos de que Don Juan José Arreola haya sido ajedrecista de hueso colorado antes que nada, de que haya amado al ajedrez con tanta vehemencia. Eso nos hace pensar que si una persona con tantas virtudes e inteligencia consideraba bueno amar al ajedrez, es que no estamos tan errados.
Pronto se hará un homenaje al Juan José Arreola ajedrecista, y ojala podamos lograr que su estatua sea hecha por Pedro Filiberto Ramírez Ponzanelli, quien tan magníficamente hizo la del ecuatoriano ajedrecista escritor Benjamin Carrión. Para que en Casa del Lago, la Casa Juan José Arreola, este su efigie frente a los ajedrecistas todo el tiempo.