10 ene. 2017

Un Email que llegó muy tarde. Obituario a un amigo.






Hoy recibí un email que por error se fue a una dirección parecida a la mía y un ajedrecista de Facebook me remitió.
Eran palabras de consuelo de un viejo amigo que había percibido en mis escritos una tristeza y amargura, me recomendaba momentos difíciles que habíamos pasado juntos y que solo nos mantuvo vivos una convicción “komsomolevska”, como solía él decir. Me instaba a sobrevivir y a resistir, al menos un poco más. Citaba partes de libros y poemas que recordábamos en momentos aciagos cuando todo se veía perdido y de repente se nos vino una ocurrencia de algo visto en un libro de historia para salir de la trampa. Como por supuesto algunos mercenarios no han leído la Odisea la táctica estilo anti Ciclope, funcionó y volvimos a la vida.
Tantos recuerdos y tantos muertos, tantos amigos y ya nadie con quien compartir sin tener que explicar muchas cosas, que además estaba ya como en un baúl de recuerdos que hay que esconder porque no se entiende mucho eso de crímenes son del tiempo y no de España cuando se trata de explicar lo inexplicable de la violencia.
Boris Semionovich, al que llamaban algunos cubanos el ruso más latino que conocían por su pinta de gallego y su manera de hablar español con todo tipo de refranes rusos pasados al castellano, amaba la vida aunque desde hace mucho tenía una enfermedad terminal que la combatía exitosamente con sus curas de Chechnia heredadas de las tradiciones ladinas que habían llegado de Toledo y sus medievales ghettos.  Varios días después de la fecha de su email, me enteré que había fallecido durante un accidente aéreo viajando entre Sochi y Siria. No fue fácil saber que era él, porque por su trabajo de corresponsal en la última década usaba nombres diversos desde Boris Simoni, hasta Boris S Tamerlenk, que le gustaba desde que usaba protesis tras perder una pierna en Mostar. El caso es que otro conocido mutuo me hizo notar su deceso. Ocho hijos tuvo, con mexicanas, cubanas y quizás una del Congo o Ruanda. Todos radicados actualmente en México y no saben bien lo grande del padre que tuvieron, aunque a todos los trataba hasta los doce años y luego se desaparecía con su lema de criar a los hijos con un poco de hambre y un poco de frío.
El caso es que tenía una filosofía muy especial y a pesar de haber sido buen ajedrecista, estaba peleado con instituciones y organizaciones y ya no quiso continuar jugando torneos, Era una oveja negra en todos lados, llevando la contra siempre a la mayoría. “Cuando hagan mi obituario pongan una oveja negra”, y decía que él y yo éramos de muy mala reputación, porque no hacíamos lo normal.  Pero ahora veo su email con palabras alentadoras y de cariño y recuerdos que hubiera querido yo mismo mandarle. Pero tarde me entero de su muerte. Algunos se me han muerto sin poder hablarles en décadas. Es tan triste enterarse que alguien falleció cuando en nuestra mente estaba vivo y nos preguntábamos, al menos un poco, si estarían bien y que falta hacía tenerlo cerca, y que tan indiferentes están los que si están cerca. Como lo apreciaría yo al buen Boris, y como lo desperdicié.
Y como escribió Boris Polevói:
“Y volvió a acordarse de las palabras del Comisario Vorobiov, acerca de que las cartas de guerra eran como los rayos de las estrellas extinguidas, que tardan y tardan en llegar a nosotros, dándose el caso de que una estrella se haya apagado hace mucho, mientras sus rayos alegres y brillantes continúan atravesando todavía, durante mucho tiempo, los espacios, llevando a los hombres el brillo acariciador de un astro que ya no existe.”