7 ago. 2013

¿Hay límite de edad en la superación en ajedrez?



Esta pregunta se me ha hecho frecuentemente. Algo que me parece bastante extraño, pues muy pocos formularían la pregunta de que si hay límite de edad en la superación en una disciplina humana.
Pero, tomando en cuenta que en otras épocas si se dudaba de que un perro viejo pudiera aprender nuevos trucos, la cuestión no puede desdeñarse.
Considerando que hace apenas un par de siglos la expectativa de vida era mucho menor que en la actualidad y a la luz de que frecuentemente tengo que hacer obituarios sobre ajedrecistas no tan viejos como yo, me siento un poco con la obligación de vez en cuando de pensar en el tema.
Opino frecuentemente sobre muchas cosas y ya, como dice la canción de Paco Ibañez,  tengo mala reputación.
“En mi pueblo sin pretensión, Tengo mala reputación, Haga lo que haga es igual, Todo lo consideran mal, Yo no pienso pues hacer ningún daño, Queriendo vivir fuera del rebaño; No, a la gente no gusta que , Uno tenga su propia fe No, a la gente no gusta que, Uno tenga su propia fe. Todos, todos me miran mal, Salvo los ciegos es natural…”
He trabajado mucho sobre elaborar métodos para que los jóvenes y no tan jóvenes que han practicado durante buen tiempo el ajedrez sin progresos notables logren su superación y así, lo hago con esa ilusión, disfruten más ampliamente nuestro hermoso juego ciencia del ajedrez.
En particular me agrada pensar que alguien que se alejó de la bella práctica del ajedrez la retome y encuentre placeres y alegrías que no había disfrutado en su primera experiencia al jugar ajedrez. Es como ayudar al ajedrez a que recupere a un hijo prodigo.
Y si bien festejo los triunfos de los hijos que han sido fieles al ajedrez, pretendo festejar a aquellos que se habían ido y ahora regresan para quedarse.
Durante décadas me dediqué a los que iniciaban su camino hacia la excelencia en ajedrez, ahora disfruto tanto o más el ayudar a que el peregrino que perdió la ruta se reencuentre con los sueños de su juventud.
Hay muchísimos hermosos e instructivos textos sobre ajedrez, mapas que guiaban a los aspirantes a cumplir sus metas, he tratado de reunir todas esas cartografías y presumo de tenerlas casi todas, medio centenar de miles de documentos.
Y me he preguntado porque para muchos de los viajeros esos mapas fueron insuficientes y que tuvieron de malo que no cumplieron su tarea. Parte de la culpa fueron sus lectores y parte de la culpa sus diseñadores.
Y como “he querido siempre vivir fuera del rebaño” y tengo “mi propia fe”, crítico compulsivo que todo le parece mal, hasta su propia conducta; voy añadiendo notas al mapa más respetable y trato de enmendar la página hasta la escolástica.
No siempre basado en la evidencia sino tomando prestado mucho a la especulación y a la imaginación, herramienta, acicate y tormento de toda mi vida, como corresponde a aquel que piensa que la realidad es mera fabricación y que nuestra naturaleza nos pone  trampas y engaños a cada paso por medio de los “datos duros”.
Única receta para no ser sorprendido más veces que lo necesario para mostrar que el mar de Dios es tan enorme y nuestra barca tan pequeña.
Por eso: “Todos me muestran con el dedo Salvo los mancos, quiero y no puedo”
Por ello sigo actuando fuera de lo que se consideraría respetable para un ser de mis años, pues no he aceptado ningún cronograma y no salgo de la adolescencia, como desafiando al tiempo.
Seguiré acumulando textos y cuestionando porque algunos doctos autores dijeron sus cosas de una manera y decirlas a mi manera, si creo que eso ayude a dibujar mejores mapas. Mi premio es ver que hay quienes retoman su camino y llegan a un mejor destino alumbrados por los cinco picos que dibuje para hacer que los Vespucios y Ptolomeos sean más accesibles para los que en su primera lectura no los comprendieron.
No hace falta saber latín, Yo ya se cual será mi fin, En el pueblo se empieza a oír, Muerte, muerte al villano vil, Yo no pienso pues armar ningún lío, Con que no va a Roma el camino mío,”
No me sorprende que a profesores de tan mala reputación como la mía, se nieguen aulas y le hagan feo las facultades, pues si Salamanca no me presta sus cátedras, enseñare en un parque o en el Nautilum del Internet, pues cargo con tan mala reputación…
“Todos vendrán a verme ahorcar, Salvo los ciegos, es natural”…